17 Mayo 2012 3:30 PM

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Monseñor Flores, una vida ejemplar

Monseñor Flores, una vida ejemplar

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Monseñor Juan Antonio Flores Santana

Felipe de Jesús Colón Padilla | ACTUALIZADO 21.01.2012 - 1:21 am

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A través de la historia, la comunidad humana y el pueblo de Dios,  ha gozado de personas que han desarrollado una vida digna de admirar y de imitar. Algunos podrán pensar, si es el mismo Dios quien provee esos seres humanos extraordinarios y brillantes, y otros muchos, nunca son dignos de admiración por la vida oscura, perversa y mezquina que llevan. Pero no es así, de suyo Dios siempre da la posibilidad de que todos desarrollemos virtudes humanas y cristianas, no para que digan que somos santos, buenos y ejemplares, sino que cuando Dios toca el corazón de una determinada persona, lo invita a la santidad, a las prácticas de las virtudes evangélicas. La admiración surge luego, como una consecuencia de lo que se practica; y,  los que aún no hemos abrazado completamente  el evangelio de Jesucristo, nos atrevemos a mirar en el espejo de esos personajes ejemplares que a fuerza de disciplina, sacrificio, renuncias y autodominio, han logrado configurar su vida a la de Jesucristo, el Hijo de Dios, y fundador de la Iglesia. Este es el caso Juan Antonio Flores Santana, nacido el 3 de julio de 1927, en Bocas de Licey, Tamboril, Santiago, lugar enclavado en la región fértil del Cibao. Sus padres: Faustino y Secundina, -dice en su libro- le ayudaron a cultivar una vida de fe, y desde pequeño sintió la llamada al sacerdocio. En la página 31 de su último libro: “Memorias y Experiencias Pastorales del Arzobispo Flores”. Confiesa el autor: “desde temprana edad sentí esa inclinación a consagrarme a Dios. Me acuerdo que una vez en un grupito de niños y niñas se hablaba de su futuro matrimonio. Yo me quede callado. Sentí  que mi vida no iba por ese camino. Yo tendría alrededor de ocho años. Tampoco tenía todavía definida mi vocación sacerdotal. Eso estaba como una nebulosa”.

 Para lograr conquistas humanas y cristianas, la base siempre lo constituye lo que hayamos recibido en el seno  familiar, bien sean nuestros propios padres, o de  aquellos que hicieron de Papá y de Mamá. El arzobispo Flores cuenta lo que sus padres significaron para él, en sus años de infancia: “mis padres, Faustino de Jesús Flores Alonso y María Secundina Santana Évora, eran personas de piedad y de espíritu de trabajo y superación, así como de gran responsabilidad. Formaron ese hogar, familia cristiana, unida estable, verdadera escuela de unión, de amor y de disciplina”. (pág. 19).
De su propia madre recibió la catequesis para los sacramentos de iniciación cristiana. Bautizado en la parroquia San Rafael Arcángel, Tamboril, el 20 de agosto en el año que abrió los ojos a este mundo, siendo sus padrinos: Mercedes Santana y  Carlos Manuel Santana (tía y primo respectivamente). Su padrino de confirmación fue Miguel Céspedes. Los ministros para el sacramento del bautismo y de confirmación, fueron: el Padre Viriato Cuevas, y Mons. Eliseo Pérez Sánchez. (pág. 19).

El arzobispo emérito de Santiago de los Caballeros, perdió a su papá cuando apenas tenía 6 años (16 de julio de 1933): “vi morir a mi bueno y cariñoso padre, después de muchos años de enfermedad. El era devoto de la Santísima Virgen María, y ella se lo llevó a la otra vida, en la fiesta de Nuestra Señora del Carmen…” (pág.20).

Para señora María Secundina, debió ser una tarea difícil empujar y educar a sus hijos sin la compañía del padre de sus hijos. Recuerda Mons. Juan Antonio, que desde párvulo su madre le infundía los sentimientos de piedad y de espíritu de estudio, de trabajo y superación. Tenía cuidado de comprarme los juegos de niños, dentro de la carencia. Obligo la disciplina a todos, pero con amor. Nunca con rechazo o con ira, menos con “pelas”. (pág. 21).

Su ordenación sacerdotal fue en España el 12 de junio de 1953, sin la presencia de su familia, celebró  Su primera misa  en la capilla de Las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima, en Portugal. De modo especial se consagró a la Virgen María, quien ha sido a través del tiempo su protectora y madre espiritual.  A su regreso de Europa, donde se doctoró en Derecho Canónico y Romano (UTROQUE IURE) y licenciatura en teología dogmática. 

Ocupó las funciones de párroco, canciller, y juez presidente del Tribunal Eclesiástico, director del seminario San Pio X,  profesor de la Universidad Católica Madre y Maestra (hoy Pontificia desde el año 1987).
   
El joven Flores,  con 13 años en el ministerio sacerdotal, fue electo obispo de La Vega, por el papa Paolo VI, el 22 de abril de 1966, y ordenado obispo por imposición de manos de su excelencia Mons. Hugo E. Polanco Brito, el 12 de junio del mismo año.
Es interesante lo que cuenta el autor, cuando le comunicó a su madre su elección episcopal. Doña Secundina Antonia, en su acostumbrada actitud de humildad, solo le contestó: “Tu sabes que tienes que portarte bien”.  (Homilía pronunciada en ocasión de sus 50 años de sacerdote, julio  2003).

La madre del  recién electo obispo de La Vega, veía el cargo, como debe ser, no como un honor, sino como una responsabilidad y un puro servicio a la iglesia.  Y  que esa actitud de ella le ayudó  mucho a él para mantenerse lejos del orgullo y de la alegría vanidosa. (pág. 23). Su madre entrega su alma al Padre Misericordioso, el 14 de noviembre de 1971.

Nunca les gustó los homenajes, en la última página de su nuevo libro, así lo explica: “no por virtud, sino por temperamento, he sido ajeno a los homenajes a mi humilde persona, pero acepté que el padre tomas alejo, quien por su inocencia, siempre ha sido un admirador mi vida, pusiera mi nombre al liceo secundario que él fundó y dirige en El Pino, La Vega”.

Después de 26 años en la Diócesis de La Vega, su santidad Juan Pablo II, lo nombra  tercer obispo  de la Diócesis de Santiago, y en el año 1994, es elevado a arzobispo de la nueva Arquidiócesis de Santiago de los Caballeros.

Aquí  creó e inauguró 58 parroquias, promovió las vocaciones sacerdotales,  infundió en los sacerdotes celo pastoral, vivir la castidad, y trabajar con sentido de entrega y sacrificio. Decía:” el obediente cantará victoria”. Quien te hace llorar, al corregirte, te hará reír cuando triunfes”. Quien suscribe este artículo fue su canciller, y aprendí mucho de sus sabios consejos sacerdotales y pastorales, lo que hoy soy como sacerdote, se lo debo en gran  parte a él. Invito a leer su nuevo libro, les aseguro que les ayudará en su vida de profesional, sacerdotal, cristiana y religiosa.

El autor es: Vice-canciller del Arzobispado de Santiago,
Juez del Tribunal Eclesiástico
Y párroco de la Parroquia Transfiguración del Señor.






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