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Daniel Santos cultiva la Literatura con amor

Logra articular su creatividad e inspiración para escribir con el corazón

Redacción | ACTUALIZADO 04.09.2010 - 1:44 am

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Daniel Santos es un joven que crece con firmeza y seguridad; es ejemplo de superación.

El es de esos jóvenes que se abrazan de los valores y virtudes para transformarse en arquitectos que diseñan los espacios para construir una sociedad justa, noble y, sobre todo, humana.
    
De la autoría de Santos compartimos con ustedes la siguiente producción literaria.


"Elegía a Collón"

I
Aquí estoy en esta capilla,
de derecha a izquierda la primera
de esta oscura funeraria.
De nuevo me encuentro
besando los labios silenciosos
de esta triste capilla negra.
Ya veo desde esta sala ancha
la caja sobre el altar
con su compuerta abierta.

Me estoy acercando, Collón,
a tu nueva casa de silencio,
sueño y espanto.
No hay plañideras histéricas,
pero se respira el llanto.
Algunos parientes hacen su parte:
afuera, en la fúnebre antecámara,
hablan de cualquier cosa y también dicen:
“¡El pobre Collón era bueno y amable!”.

“¡Era bueno y modesto
como una jabilla anaranjada y caída!”,
pude haber dicho,
más te hablo a solas, querido primo, aquí,
donde no nos escucha nadie.


II
Es en esta intimidad,
dentro de mi piel,
como un manantial
intransferible de dolor,
en donde se cuelga tu mirada
por última vez.

Forzado a ver tus ojos ya cerrados,
y un reluciente y terrible
sarcófago plateado
sostener tu silueta cansada…,
Yaces delante de tres coronas
de maderas y flores negras,

una cruz delgada y alta, ¡delgada y negra!,
un candelabro ancho y alto, ¡alto y negro!
Sombras, muchas sombras detestables
y duermes, Collón, sereno,
como si no te mirara nadie.
Te pusieron un traje negro,
pero tú no lo sabías…,
te arreglaron el pelo, y sé,
tristemente lo sé, que nadie te dijo…,
y te limpiaron las cejas,
y la boca con precisión
de dentista minucioso: te la cerraron.
¡Ay, también, te maquillaron!
¡Y nadie te dijo para dónde ibas!
Collón, te removían callados.

Ya te cubrieron con yeso eterno
los dedos de tus manos laboriosas
y en los dedos de tus pies
de buen plomero
se ha secado el cemento de la muerte
para que no te muevas.

Hoy tragaste
la hostia sagrada de la muerte,
hoy descansas.
Hoy va tu balbuciente descanso eterno
pronunciando sus primeras sílabas
de nicho alegre,
hoy ha comenzado a roer El Descanso
tus cejas negras, tu amarillenta frente;
El Descanso alegre
abre su boca negra y hambrienta
para probar tu delicioso pelo cortado al raso.

–¡Tía ,tráigame al padre!–, le dijiste a mi madre.
–¡Tía, rece por mí!–, le pediste a mi madre.
Pobre Collón.

Forzó la muerte
la puerta delgada y con grietas
que protegía tu desconfianza con la vida,
y cayó violenta
levantando una nube gris de polvo;

y hemos respirado el polvo, viéndote
con semblante paciente
como si supieras
que ya no ha de haber prisa;
y ese polvo en que te transformas
desde hoy, nos hace bendecir el día
y besar y abrazar los niños con nostalgia:
los niños, querido primo,
que han nacido en tu partida.




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