Además, es nuestro pensar, también hay que impregnarle belleza a la existencia.
Y la poesía es el lenguaje apropiado para hacer florecer lo bello, por eso hoy estamos de regreso con fragmentos de la poesía de Daniel Santos para lograr que ustedes logren descubrir los valores hermosos de la vida. (Ignacio Guerrero)
Credo personal
Si no lleva la vida,
no es poesía.
Si no dice
lo que de verdad
vivimos,
no es poema.
Si no canta
lo que el corazón siente:
¡es de mentira!,
¡será sólo literatura!,
¡pero de las malas!,
¡de las que nada dejan!
Último depósito
A Danna y Albert,
que nunca lo podrán leer. De su padre.
(...) vuestro corazón d'azero
muestre su esfuerço famoso
en este trago (...).
Don Jorge Manrique.
Yo supe de dolor desde mi infancia…
Rubén Darío.
…lo que era mío y resultó ser nada...
Blas de Otero.
(…) Todo en ti fue naufragio!
Pablo Neruda.
Tira la piedra al río,
tira la piedra al río,
quiero escuchar ese sonido
que producen las ondas.
Quiero sentirme solitario
junto al río,
una tras otra, quiero
tirar las piedras.
Quiero que las hojas
del camino
me toquen el rostro
y las orejas,
quiero ver caballitos voladores,
iguanas e insectos.
Quiero fundirme
en esta mañana oscura
lejos del ser humano
y ver otra parte del mundo:
inocente, y que aún no sabe
jugar como los niños.
Sí, Daniel,
¡tira ya la piedra al río!
3 de septiembre, 2010.
Interrupciones
I
Sí desconocido,
ése soy,
lo pronunció muy bien,
ése soy yo,
ése es mi nombre,
al parecer
le hablaron
muy bien de mí.
Ese soy yo:
¡el hijo de la India!,
con orgullo,
o como lo dicen
en Jima Abajo:
¡el nidal y el más pequeño
de los hijos
de Juan Santos!,
ése soy yo:
soy Daniel Santos Frías.
Pero mantenga la distancia,
desconocido:
¡yo no vine a hablar con usted!
II
¿Recuerdas
como yo sintonizaba
en tus pezones
la estación de la alegría
con las yemas de mis dedos?
De mí, y de nuestra
historia de amor,
podrás olvidarte
y de otras cosas,
pero de esas escenas
reales y nocturnas
en el cine
donde tus suaves torres
y mis dedos
eran los protagonista,
sé que no.
III
Yo te voy a enseñar
un amor de verdad,
que no nace en la carne
ni en los huesos:
un amor que nace
siempre en el corazón,
por eso no ha muerto.
Es transparente
como el agua
lo que siento por ti,
que para entenderlo
hay que mojarse
completo como un delfín:
sin temor a morir
de amor en la profundidad,
sin temor a sumergirse
dentro de sus propias
aguas, y salir siempre
húmedo a la superficie,
y emitir sonidos de alegría,
y extender su boca,
su dulce y suave boca,
para dar un beso lleno,
siempre, amor, mujer,
pedacito de cielo,
para dar un beso
lleno de gratitud.
Te sigo amando, muchacha
Yo te sigo amando,
muchacha.
Debajo de esta corbata
roja y este saco negro,
tengo que hacer
un paréntesis
entre las estatuas
cuando siento
que tu voz me llama
desde lejos.
Por la calle del Sol,
por la calle San Luis,
a veces por las Carreras,
por debajo
de esta camisa azul
y mis zapatos negros,
por debajo de la piel
que cubre
mi reloj de trabajo
me llama tu voz:
yo te sigo amando,
muchacha;
sigo pensando
en tus ojos claros;
sigo bebiendo
de tu sonrisa
y tus gestos
de niña mañosa;
sigo deseando verte
cuando abro los ojos,
me gustaría volverte a ver
peleando
por la vieja almohada,
o durmiendo
tranquila en mi cama,
y yo despierto
vigilando tu sueño,
¡y toda, toda
tu bella hermosura!
Detrás de esas sonrisas
de buenos días,
y los saludos con las manos
a los vecinos,
hay un universo oculto
a donde van mis versos.
Te sigo amando, muchacha,
y si algún día descubres
lo que es un amor sincero,
así tan puro como una flor,
así desinteresado
como una cigua
vespertina,
sólo así sabrás
que siempre te he amado.
Braulio y Argentina lo saben,
lo vieron en mis ojos
y en mi abrazo
de despedida,
mañosa Matajiri, muchacha.
