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Theo Angelopoulos: la estética del desarraigo

Theo Angelopoulos: la estética del desarraigo

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Theo Angelopoulos

José D Laura | ACTUALIZADO 22.05.2019 - 6:20 pm

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(Vacaciones de Pascua es igual a Buen Cine: la fórmula que me redime cada año. Y como el Cine siempre es un viaje y siempre es un sueño, hice mis maletas y abordé el vuelo con destino a Grecia, para conocer un poco más de Theo Angelopoulos, uno de los mejores cineastas de nuestro tiempo. Agradezco la cinéfila complicidad de Alberto Ramos.  –José)
   
“Al principio Dios creó el viaje, después la duda y la nostalgia”.
   
Al final de Simón del desierto, Luis Buñuel no tiene piedad con su personaje: lo abandona completamente desesperanzado ante Carne radioactiva, el baile al que todos se entregan frenéticos y desafiantes. No hay voluntad que valga y ya nunca seremos los mismos de ayer. En ese mismo estado de desconcierto me dejan las películas de Angelopoulos: abatido por las penas humanas de gente que no he conocido ni conoceré. Así de magistral es el cine de este genio de la niebla y la nostalgia.
   
Angelopoulos nació en Atenas, menudo compromiso con la historia griega y su pesada herencia cultural. A pesar de su ascendencia mediterránea, en sus filmes predominan los paisajes fríos, grises y pétreos de las montañas del norte de Grecia.
   
Se matriculó en la universidad para estudiar Derecho, pero la mayoría de su tiempo lo pasaba en las salas de cine, entre clásicos policiales y musicales americanos, especialmente de Vincente Minnelli y Stanley Donen.
   
Luego en París, dizque estudiando letras en la Sorbona, se vincula a la secta que creció en la Cinemateca de Henri Langlois. Allí descubriría las imágenes que le servirán de fundamento a su cine, verbigracia, los planos-secuencia y los fuera de campo de Kenji Mizoguchi.
   
Para los que llevan anotaciones: un filme americano tiene, en promedio, 2,000 planos. Un filme de Angelopoulos nunca sobrepasa los 100 planos.
   
Arranco con El viaje de los comediantes (1975), una de las piezas de su “trilogía histórica”. El director se adentra en el mundo de una compañía de teatro ambulante quienes, al recorrer toda Grecia, se convierten en testigos excepcionales de todos los cambios políticos que su país experimenta: la invasión nazi de 1941, la lucha de la resistencia, la liberación en 1944, los enfrentamientos entre los partisanos comunistas y los soldados ingleses que apoyaban la restauración de la monarquía, la guerra civil y un largo etcétera.
   
Puestos frente al pelotón de fusilamiento varias veces, por el solo hecho de ser artistas, siempre serán los sospechosos habituales que no se doblegan al poder.
   
Angelopoulos construye una monumental obra de casi 4 horas que se pasea por el escenario de la Grecia de 1939 a 1952 y su tragedia eterna: un pueblo desunido. La película ganó el Premio Fipresci en Cannes, mejor película del año del Instituto Británico del Cine, Premio Fipresci como una de las mejores películas en la historia del cine, el Grand Prix of the Arts en Japón y el Golden Age Award en Bruselas.
   
A esa compañía de teatro la condenará a viajar sin rumbo por algunos de sus filmes, por ejemplo, Pasaje en la niebla (1988).
   
Aparece en escena (es un decir) el brillante guionista Tonino Guerra para dar paso a su “trilogía del silencio”: Viaje a Citera (1983), El apicultor (1986) y Paisaje en la niebla, que protagonizan unos seres expulsados y empujados por la historia hacia un viaje iniciático, donde la simbólica búsqueda del padre marca sus destinos.




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