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Papito Andújar, Maestro de la música

Papito Andújar, Maestro de la música

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Papito Andújar mientras toca su piano. Fotos: Luisa Rebecca VALENTIN

Luisa Rebecca Valentín | ACTUALIZADO 13.10.2014 - 7:49 pm

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Loma de Cabrera, Dajabón. Ciertamente, que nadie es totalmente bueno, ni totalmente malo. Somos esa mezcla particular del bien y del mal; de cielo e infierno. Unos con moderación, otros con avasalladora intensidad que echa por tierra bondades y virtudes. José Arquímedes Andújar es Papito, el célebre personaje descendiente de una familia de artistas; el hermano de Plutarco Andújar, el perpetuador de las marinas diurnas y nocturnas que abstraen. El personaje del pueblo, con historias muy diversas, pero también es el maestro de música de Loma de Cabrera.
   
A Papito Andújar lo conocí por referencia. Esas voces de anécdotas e historias me hicieron emprender el largo viaje a Loma de Cabrera para acudir a la Academia de Música y constatar, en primera línea, su singular método de enseñanza. Me acomodé en una butaca del aula. Allá, en el rincón, hay un viejo piano que Papito, el maestro, toca con amor y devoción entre humos y sorbos. Por sus manos han pasado todos los muchachos que han salido de Loma, con sueños y acordes bajo el brazo, se hayan o no encaminado por los senderos de la fama en la música, como Fernando, el ídolo de Loma de Cabrera, su apreciado "pequeño."
   
"Si llega a la capital y pasó por las manos de Papito, al muchacho no hay que examinarlo", es lo que se comenta en el Conservatorio Nacional de Música o en Bellas Artes. "Ese seguro sabe música", pasa derecho al instrumento, porque Papito, con ese genio endemoniado y esa férrea disciplina, aún entre estándares personales de comportamientos reñidos con lo bueno, les ha aplicado la ley del buen hacer y de hacer lo bien. Con él, han aprendido o han aprendido.
  
No hay papeles, ni registros de alumnos, excepto los papeles llenos de mensajes de amor y afecto; gratitud y cariño que los pequeños alumnos pegan en la pared con dibujos en agradecimiento y elogios al maestro. La Academia de Música de Loma de Cabrera, entre viejos instrumentos, un piso desvencijado y un piano que cobra vida en las manos del pianista es un recinto olvidado. Es un espacio con olor a música, vocación y voluntad, con una peculiar manera de llamar con brusquedad la atención a un muchacho, pero al mismo tiempo, es donde se le prodiga el consejo o el abrazo que no recibe en casa. Es la mezcla del boche y del afecto; del reproche y del halago por los progresos en el aula, por los sueños que siembra en cada uno de esos muchachos.
   
Intranquilo y enérgico, maestro todo el tiempo, Papito desanda el pueblo chata y cigarrillo en mano, nada usual en cualquier escuela, excepto en esta. El hace y dice lo que quiere, a sus alumnos, mas no a él mismo, les exige disciplina y rectitud y les puntualiza lo que no deben hacer, lo que es incorrecto. Es una mezcla rara, pero ha dado resultado en la enseñanza de la música en Loma de Cabrera. Es el maestro del pueblo, el que anda calle arriba y calle abajo, el que organiza los muchachos para la música de la iglesia, para los actos patrios, a quien los músicos recurren, el que está abierto a la música y quien interpreta al piano, desde Lecuona, hasta una melodía inmortal en la voz de Fausto Rey. El que todo el mundo conoce y quiere, muy a pesar de todo...
   
También ahí educó a sus hijos, los inició en la música. Los formó musicalmente a golpes de cocotazos, boches, abrazos y una sensible percepción de la vida y el arte que ha dejado sus huellas, como en todos sus estudiantes.
  
Los padres de los alumnos conocen al maestro. Tras una palabra descompuesta, está el afecto negado en el hogar. El boche y el halago vienen en el mismo empaque. También la disciplina y el hombre que educa con amor, sobre todo por la música, sin horarios, sin tiempo, elevándose sobre su propia estatura y condición. Todo esto se justifica cuando ves a un niño que no sabe leer, que no sabe escribir su nombre, pero que sabe leer música, que no le teme al instrumento y arranca. Es como un juego práctico lo que le ha enseñado el maestro. Es un juego divertido que adoran los pequeños. Es ahí donde se sorprenden los supervisores musicales que envían, ante el hallazgo de los niños que, sin saber leer, se insertan eficazmente en el aprendizaje de la música con entusiasmo.
  
Ya han cerrado las puertas de la escuela. Lo veo ahí ante las blancas y las negras del teclado, ante el momento de la creación, llevar sus manos al rostro, luego cruzar los brazos antes de la interpretación fluida de alguna pieza memorable. Es un momento para no olvidarlo nunca. Papito, trago en mano, a veces intolerable, toca el extremo contrario de sublimidad y bondad en su corazón. Hace historias y cuenta anécdotas, habla de él mismo, siempre abierto a la música y a las expresiones simples de la naturaleza. "La vida es difícil, es dura, siempre encuentras gente superior e inferior."



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