18 Diciembre 2017 3:14 AM

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Aunque papá y mamá sean pobres, el hijo bien criado llega lejos

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza | ACTUALIZADO 18.06.2017 - 10:18 pm

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De los 44 Presidentes que ha tenido Estados Unidos de América desde su independencia hasta Obama, 25 de ellos nacieron en sus casas y bajo los cuidados de comadronas, pues al comenzar el siglo 20, apenas el 5% de los niños estadounidenses nacía en hospitales.
   
De modo, que esa mayoría de Presidentes tuvieron padres que a pesar de su pobreza, les prodigaron a sus hijos la mejor de las riquezas: ¡una buena crianza! Digo esto porque, extrañamente, en nuestro país muchísima gente cree que debido a su pobreza le es imposible darles  a sus hijos una crianza si no buenísima, por lo menos aceptable en el sentido de que los hijos sean amorosos con sus progenitores, afectuosos con sus hermanos,  respetuosos con sus vecinos y adultos en general, ayudadores con las tareas del hogar,  cumplidores de los compromisos contraídos y no proclives a ejercer violencia física o verbal contra los demás.
   
Por largo tiempo, se ha tomado como un buen pretexto para justificar distraerse de la obligación y deber moral y familiar de criar con calidez y calidad, alegar que son incapaces de criar adecuadamente a los hijos por su estado de pobreza crónica. Y cuando uno les observa a esos padres que desde la independencia de la República hasta hoy, nos han orientado y gobernado verdaderos prohombres, estadistas y héroes de la mejor estirpe, todos procedentes de hogares humildísimos, recurren a dar la mejor excusa en defensa de su desinterés en lograr lo mejor para sus descendientes: “Hice lo que pude, pero Dios no me quiso ayudar”.

Sin embargo, existen miles de ejemplos en todo el mundo donde aquellos que han asumido responsablemente su papel de mamá o de papá, a pesar de su pobreza, han conseguido que sus hijos se conviertan en grandes personajes del arte, de la ciencia, la religión, de la política o de la gran empresa, incluso han descollado en el servicio a los demás, al punto que hoy no solo sus países lo aplauden y reconocen, sino toda la humanidad.
   
Como ejemplo, describo aquí uno de los casos más populares y conocido a nivel mundial, donde padres muy pobres proporcionaron a su hijo una crianza tan provechosa que facilitó  que éste se convirtiera en uno de los artistas más reverenciados desde el 1950. Me refiero a Elvis Presley.
   
En enero del 1935, Vernon, el padre de Elvis, fue  a buscar al doctor Bill Hunt para que  atendiera  a su mujer, Gladys, que estaba con dolores de parto. Tanto en Estados Unidos como en la R.D., en aquellos años, los médicos generalmente prestaban sus servicios a domicilio. Para la época, un médico cobraba por un parto a domicilio 5 dólares y una comadrona la mitad. Tuvo que buscar un médico porque Gladys estaba con hemorragia antes de que naciera el niño. Durante los años treinta, en mi pueblo de Altamira,  al doctor Juanito Sánchez le pagaban por un parto en la casa tres pesos, es decir, 15 clavaos, pero con frecuencia les pagaban con dos pollas bien gordas, un racimo de guineo y un macuto de guandules. Fueron los vecinos de los padres de Elvis que donaron los 5 pesos que cobró el médico.
   
El padre de Elvis con su mujer vivía en Tupelo, un campo en el estado de Tennessee. Le pidió prestado a míster Bean, el principal prestamista de ese estado,  la suma de 180 dólares para hacer una modesta casa, poniendo como garantía la misma vivienda. Le abonaba cuatro dólares mensualmente y cuando se atrasó el primer mes, Vernon fue a prisión dos meses por malapaga. Pero dado que la economía de Estados Unidos sufría los efectos de la Gran Depresión que comenzó en 1929, Vernon salió de prisión pero al no conseguir empleo, no pudo continuar pagándole a míster Bean, por lo que éste “buen” hombre le quitó la casita y  los padres de Elvis comenzaron a pasar “más trabajo que un forro de catre”, pero pudieron criar su hijo con verdadero amor de padres y se ocuparon  de enviarlo a la escuela de su campo y a una escuela para canto y música.
  
 Ya en 1953, Elvis empezó su portentosa carrera artística hasta convertirse en el ídolo indiscutible del Rockanroll en toda la tierra. Cuando ocurrió su muerte inesperada en agosto del 1977, no solo todo el pueblo norteamericano lloró su desaparición, sino todos los pueblos del mundo. Solo la muerte de Carlos Gardel y la de Pedro Infante, crearon tanta conmoción en Latinoamérica como la de Elvis; así que deduzca usted como fue en Estados Unidos donde todavía hoy, la mitad del pueblo no cree que esté muerto.
Ha sido tan extraordinaria la idolatría de Estados Unidos por Elvis, que solo el nombre de él y el de George Washington, padre de la patria, aparecen como nombres de lugares en su país: Washington Heights y Elvis Heights. En los ’70 cuando él iba a visitar su pueblito donde nació y crio, al ver la casita donde nació exclamaba: ¡Nunca pensé en el destino que  he tenido!



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