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Lo diverso o polifacético en las décimas de Juan Antonio Alix

Domingo Caba Ramos

Domingo Caba Ramos

Domingo Caba Ramos | ACTUALIZADO 06.09.2018 - 6:47 pm

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Juan Antonio Alix (Moca, 6 sept. 1833- Santiago, 18 feb. 1918), «Papá Toño» o «El Cantor del Yaque», como lo llamaban en su tiempo, está considerado como el más grande popular dominicano de todos los tiempos , «el más fecundo de nuestros juglares» y, al decir de Joaquín Balaguer, « el más regocijado de nuestros ingenios y el poeta que con mayor fidelidad ha traducido en versos las peculiaridades y matices característicos de la sicología dominicana» Según este autor, «El mundo de Juan Antonio Alix se reduce a la realidad que lo circunda…»
   
En esa realidad – afirmo yo - ningún detalle se le escapa. Todo lo toma en cuenta.  Por eso le cantó a los más diversos aspectos de la vida nacional. Por eso en sus décimas  no solo hubo espacios para temas tan relevantes como la crítica de inconfundible sabor satírico  a los oportunistas («Los mangos bajitos») , a los dominicanos que reniegan o muestran complejos por el negro color de su piel ( «El negro tras de la oreja») y a los legisladores carentes   de competencias para desempeñar su trabajo  ( «Corroboro, corroboro»), sino también para  temas  o aspectos tan aparentemente insustanciales como  el follón que un humilde ciudadano dejó escapar en el momento en que el cura  oficiaba una misa  ( «El follón de Yamasá»),  el tormentoso olor de un basín con cacá  ubicado en el aposento ( « El basín» ), el temblor que le impedía a la vieja Rosa no  ensuciara el calabazo mientras defecaba en este («La vieja Rosa»), así como la oreja que un « condenado» e «inhumano ser» le cortó al loco de Ñico el Loco  («La oreja de Ñico el Loco») Y por eso acerca de él dice Emilio Rodríguez Demorizi que   « Su criollismo no era unilateral, sino poliédrico…»

Ni siquiera la conducta o comportamiento  animal le fue  indiferente a nuestro poeta cantor. Así se pone de manifiesto en una muy graciosa y quizás no tan conocida composición, «La buena vida del gato», en la que Papá Toño describe la vida de «Gran Señor» de un ser que como el gato goza del exclusivo privilegio de pasar el día durmiendo y la noche gozando, “en correría» o parrandeando:

LA BUENA VIDA DEL GATO

«La vida que pasa el gato,
cualquiera la envidiaría,
el día lo pasa durmiendo,
y de noche en correría.

Cuando un gato se enamora,
para entrar en relaciones,
empieza a cantar canciones,
de la noche a toda hora,
y así que le canta y llora,
a su novia largo rato,
entra sin pagar barato,
en relación amorosa,
conque, miren si es dichosa,
la vida que pasa el gato.

Cuando son gatos ladrones,
de pollos y de gallinas,
con esas comidas finas,
no piensan en los ratones,
y así viven como dones,
de alta categoría,
y, como no hay policía,
ni juez que le dé mal trato,
la suerte que tiene el gato,
cualquiera la envidiaría.

Un gato muy consentido,
un gato muy consentido,
en la cama de su dueño,
como un niñito querido,
rompe todo y hace ruido,
sin andar nada temiendo,
y, cuando no está corriendo,
o con algo retozando,
y en rincones escarbando,
el día lo pasa durmiendo.

El trabajo nada más,
del gato es arar la tierra,    
porque en ella es que entierra
lo que bota por atrás,
pues no se olvida jamás,
de enterrar su bobería,
pero lo que es en el día,
cuando no está comiendo,
así lo pasa durmiendo,
y de noche en correría»

PAPÁ TOÑO
Santiago, noviembre de 1900





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