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Sobre la intimidad de las personas

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza | ACTUALIZADO 09.09.2018 - 4:22 pm

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Si alguien me pidiera que defina qué es la INTIMIDAD, diría que es una especie de sentimiento de cercanía, afectividad, cuidado y validación que uno hace de otra persona y que solo es posible a través de un intercambio reciproco de información veraz aunque restringida a aquellos que la comparten.
   
Por tercera vez en cinco años escribo sobre la “intimidad” entre humanos para recordarles a mis conciudadanos que el sentimiento de intimidad, eso que llamamos “lo más propio e intocable de la vida personal de alguien”, no puede ser presa de la furia e indiscreción ajena ni de la moda moderna que promueve que nadie puede guardar para sí o que nadie está obligado a respetar y no vociferar ni comunicar a terceros o al público general una acción o evento en que el otro fue participe activo.  
   
Con el auge de los medios de comunicación y las llamadas redes sociales, y estas últimas  no pocos las han convertido en “redes cloacales”, pues todo el mundo parece haber llegado a la conclusión que no se debe tener piedad de nadie y que si la honra o deshonra del  otro nos puede proporcionar algún placer “bochinchero”, pues que se publicite y amplifique con toda la potencia de una lengua larga, la acción deshonrosa del otro. Y si acaso lo que hay de por medio es una simple acción honrada del que se escoge como víctima, entonces debe buscársele un “bajadero” para convertirla en una acción dramáticamente mala e inmoral. La cuestión es que esa persona no deba gozar de buena reputación porque la buena reputación ennoblece  y genera estima, y mientras mayor estima tiene una persona, mayor protección y respeto para su vida íntima exige de los demás.
  
Para muchos, ‘eso’ de respetar la vida intima propia y la de los demás es cosa del pasado; tal vez de la era de cuando “los perros se amarraban con longaniza” o de cuando los indios tainos que habitaron nuestra isla no tocaban los pechos desnudos de una mujer con fines eróticos porque creían que alguna divinidad superior se alimentaba de ellos mientras transcurría la juventud de la hembra y luego, con el paso del tiempo,  esa divinidad superior los dejaba a otra divinidad inferior y por eso se tornaban plegadizos, caídos y sin firmeza.         
   
Las redes sociales han llevado al dominicano común a suponer, erróneamente,  que forma parte de la Carta de los Derechos Humanos, aquello que se dice en esquinas y colmadones de nuestros barrios de que “lo que no me mata ni me perjudica, tampoco mata ni perjudica al otro.” Al pensar de una manera tan plana es fácil convencerse a sí mismo que si usted no se preocupa por poner a resguardo su propia vida íntima, no hay razón para querer proteger la intimidad del otro.  De ahí el desdén con que tanta gente visualiza la intimidad hasta de su propia esposa, exesposa, novia o exnovia.

En nuestra Cultura Occidental, se consagra como íntimo todo cuanto suceda en la alcoba de una pareja, ya sea que conversen, griten, suspiren, pujen, recen, relinchen, jueguen a la carretilla, clamen al Señor o simplemente se pasen el tiempo “haciendo mueca”. También es de su intimidad cualquier acción que usted haga mientras está en el baño, sea el vaciamiento de su intestino o vejiga, o bien, que tome un baño. Aunque usted  se baña públicamente en el mar, sin embargo, si alguien orina o defeca a la vista de terceros que no son parte de su círculo íntimo, pues los demás pensarán que usted no está en sus cabales o que es usted un exhibicionista.
   
Tanto la salud como la enfermedad son eventos de su intimidad; solo a usted  corresponde decirle a otros fuera de sus seres íntimos,  qué enfermedad le diagnosticaron los médicos. Aun los médicos solo comentamos entre colegas el diagnóstico de alguien si es por razones de conveniencia de establecer con certeza cuál es la probable patología  que abate al enfermo.
   
Aunque los embarazos son eventos visibles para todo público, pero la embarazada como persona tiene una intimidad que cuidar, por eso ella es la única que podría comunicar a terceros quién la embarazó. Pero el dominicano común no “sufre callao”, no aguanta el ardor de lengua cuando se entera que su vecina o amiga está embarazada  y  “¡nadie sabe de quién!”, es lo primero que sale a pregonar; y somos tan dados a socavar la intimidad ajena, que en menos de una hora le buscamos por lo menos tres posibles padres al embarazo.
   
Finalmente, señores, pongámosle freno al pésimo  hábito de publicar en las redes sociales nuestras intimidades y las de los demás. No tiremos al fango la única posesión imperecedera que tenemos ya que nuestras  intimidades es la única cuenta de ahorro que podríamos llevarnos el día que salgamos de este “valle de lágrimas”.

El autor es terapeuta familiar
Centro Médico Cibao-Utesa





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