Cuando se trata de zapatos viejos, la cosa tiene, más o menos, explicación; aún cuando no tenga de ninguna manera, justificación. Porque nos apegamos a las cosas viejas y especialmente a nuestros zapatos viejos. Son zapatos domesticados, que no obstante su sonrisa cansada - o quizás debido a ella misma - suscitan ternura y gratitud. Son zapatos - casi seres humanos - que nos han acompañado durante buen tramo por los caminos de la vida. Resignados y fielmente.
En ese trajinar diario, “paso a paso”, nos acostumbramos a nuestros viejos zapatos y ellos, a su vez, se acostumbran a nosotros. Son amigos y cómplices. Pero no establecen ni dependencia, ni reciprocidad, como sí la establecía el caballo, en sus buenos tiempos, y ahora el automóvil… en sus peores tiempos.
De manera, pues, que no es justificable que nadie bote sus zapatos viejos, por el solo hecho de que son viejos. Y menos, que los bote a la calle, abandonados a su propia mueca triste y a los azares de la vida a ras con el suelo, expuestos a quién sabe cuantas patadas de otros zapatos petulantes. Botarlos, es como botar una parte muy nuestra… por el solo hecho de que se envejeció antes que el resto.
Los poetas le han cantado a sus zapatos viejos. Y entre ellos el que quizás más noble y amorosamente los menciona es el famoso “calvo” de los sesenta segundos, cuya memoria - en “un minuto” de un día cualquiera - será inmortalizada en una estatua, allá en su “cetro de caña”. Una estatua que no llevará al bronce la figura de ese “calvo artífice de la imagen extraña”… sino que será un monumento a sus compañeros de siempre… sus viejos zapatos.
Pero no sabemos, en cambio, qué pueda decirse a propósito de ese zapato casi nuevo de mujer con el cual, nos tropezamos ayer en la calle. ¿Sería acaso que ella se lo quitó y lo botó porque le apretaba? ¿No hacemos acaso lo mismo con nuestras propias muelas cuando nos duelen?
No sabemos. Quizás la historia es más sencilla. Y que ese zapato viejo no es más que el testimonio de una riña conyugal de la noche anterior. A lo mejor el zapato, en vez de dar en el blanco, o sea en la cabeza de la victima, se salió por la ventana. Al fin y el cabo la puntería no ha sido nunca una de las más destacadas virtudes femeninas. Ni, tampoco, de los poetas.
