Del maestro Juan Bosch había, sí, aprendido que en el país de los ciegos cualquier tuerto es un rey. Empero, en el ritual del pedante la presunción y el engolamiento de la personalidad conlleva a una especie de egocentrismo perfumado, que desvirtúa y dificulta la prescripción objetiva de los acontecimientos.
En psicología social la petulancia alcanza una valoración bien específica, mientras que en el ámbito de la psicología clínica su prescripción se asume como el producto de una desviación de la personalidad, en la que de forma determinante influyen las frustraciones y los modelos de conductas irracionales.
La pedantería es, además, una manifestación de vanidad, con una marcada incidencia negativa en la dinámica de grupos. Como tal, la pedantería hace de su víctima una inadaptado, es decir, un ególatra que - en su pensamiento - persigue manipular y guía a todo el mundo sobre los rieles de sus “principios”.
Volviendo al maestro Juan Bosch, debe señalarse que en sus anotaciones sobre la psicología de las clases y capas sociales de la República, se configuran actitudes proporcionales y / o conformes a la naturaleza social del pedante y su ritual; en razón de que en la formación de base de estos individuos predominan complejos y actitudes enmarañadas, pero no disociadas o desvinculadas del contexto social en que se desarrollan.
De ahí que, por igual, la pedantería deba observarse como una expresión del delirio de grandeza. En efecto, en el ritual del pedante siempre está presente su vocación ostentosa, así como una indomable tendencia a la jactancia.
El pedante no verifica, prefiere aislarse y asumir la “lógica de sus verdades” sobre el manto de un esnobismo consagrado, en el que las discrepancias técnicas y de ideas acaban convirtiéndose en sutiles formas de imposición.
Pero, en la manifestación delirante del pedante se inscribe, de igual manera, su inapelable tendencia a la pomposidad, al disfrute de la fama y, por tanto, del poder conquistado.
Francisco Pancorbo, profesor de psicología e instructor de varias generaciones de periodistas del país, abordaba en sus cátedras este modelo de personalidad, precisando que en el pedante se unificaban desviaciones como la prepotencia soterrada y las ínfulas de superioridad ante sus iguales. Incluso, decía que para este tipo de espécimen no hay manera de concordar o empujar acciones comunes.
Antes de consensuar ideas, el pedante prefiere aislarse porque el grado de sobrestimación que exhibe le imposibilita aprender de la práctica consensuada.
Es lo debemos rechazar cuando en una empresa o institución procurar construir respuestas tomando en cuenta la diversidad de criterios y, por que no, la diversidad de intereses.
El pedante rehúsa, muchas veces, al consenso y discusión de las ideas porque teme perder espacio, sin saber que es sobre la base de la discusión y el tratamiento racional de la misma que se construye la razón.
Consensuar, discutir, comunicar, confrontar, asimilar y deponer actitudes negativas, es la mejor forma de construir respeto y estabilidad cualquier institución, sea pública o privada.
Quien se rehúsa a la exposición y debate racional de las ideas, más que un ególatra, es un perturbado y, como tal, requiere de la orientación y el cuidado necesario para curar sus debilidades.
Ojalá no estemos cerca de una experiencia como esta.
