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Una rosa azul

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco | ACTUALIZADO 11.01.2019 - 7:21 pm

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La esposa de Rafael estaba bien ocupada. Les llegaron visitas, y él fue a comprarle algunas cosas.
   
En el mercadito, ya al salir, el pasillo estaba bloqueado por un joven de unos dieciséis años.  Rafael esperó que el joven se diera cuenta que estaba interrumpiendo el paso.  En ese momento, el muchacho levantó sus manos, las agitó y dijo bien alto: “¡Mami, estoy aquí!”
   
Era obvio que tenía problemas mentales. Vio a Rafael. Se sorprendió cuando éste le dijo: “Oye amiguito, ¿cómo te llamas?”  

--Me llamo Denny y estoy de compras con mi mamá --respondió orgullosamente.

--¡Uao! ¡Que nombre más chulo! Ya quisiera yo llamarme Denny, pero mi nombre es Rafael.

--¿Rafael como Rafuche?

--Sí. ¿Y cuántos años tienes?

--¡Mami! ¿Cuántos años tengo? – preguntó a su mamá que se acercaba lentamente.

--Quince, y ahora pórtate bien y deja pasar al señor.

Rafael saludó la señora y continuó hablando con Denny acerca del verano, las bicicletas, la escuela…  Los ojos del joven brillaban de excitación. Era el centro de atención de otra persona.  Abruptamente se dirigió donde estaban los juguetes.
   
Su mamá lo veía sorprendido. Agradeció a Rafael haber conversado con su hijo.  “La mayoría ni siquiera lo mira, mucho menos hablar con él.”
  
“Para mi ha sido un placer.” Y luego dijo algo que no supo de dónde vino, como no fuera una inspiración del Espíritu Santo: “En el jardín de Dios hay cantidad de rosas rojas, amarillas, blancas y rosadas. Sin embargo, las rosas azules son sumamente raras. Por lo tanto, hay que tratarlas con gran delicadeza, admirar su belleza y apreciar su fragancia. Denny es una rosa azul. Si uno no se detiene a disfrutar y oler esa rosa con el corazón, y tocar esa rosa con bondad, entonces habrá perdido una bendición de Dios.”   
   
En silencio unos segundos, con lágrimas en los ojos ella le preguntó: “¿Quién es usted?”
   
Sin pensarlo, su respuesta brotó espontáneamente: “¡Oh! Posiblemente no soy más que un geranio, pero me encanta vivir en el jardín de Dios.”
   
Ella se acercó y estrechó su mano: “¡Que Dios lo bendiga!” En ese momento a Rafael se le llenaron los ojos de lágrimas.
   
Y aquí viene la moraleja.  La próxima vez que te encuentres con una rosa azul, no voltees la cara alejándote rápidamente.  Toma unos minutos para sonreír y decir ¡Hola! ¿Y sabes por qué? Porque por la gracia de Dios, esa madre o ese padre podrías ser tú.  Ese podría ser tu hijo, nieto, sobrino.  ¡Qué gran diferencia hace tan sólo un momento en la vida de esa persona o esa familia!

 “Bendito seas tú que escuchas a los de habla vacilante, distorsionada o débil.
Bendito seas tú que caminas cómodamente en lugares públicos con aquellos cuyo paso no es normal como el tuyo.
   
Bendito seas tú que dejas que hagamos por nosotros mismos todo lo que podamos, no importa cuán lentos o imperfectos seamos.

Bendito seas tú que nos facilitas los recursos que a menudo nos faltan, para que podamos responder más plenamente a nuestras necesidades internas, a nuestras esperanzas.
   
Bendito seas tú que no menosprecias nuestras habilidades, sabiendo que cada uno de nosotros tiene algo importante para dar.”

 “No gritarás maldiciones al sordo, ni pondrás obstáculos  al ciego, sino que temerás a tu Dios. ¡Yo soy Yahveh!” (Lv 19, 14).

Vive con sencillez.  Ama generosamente. Ayuda de corazón. Habla bondadosamente. Y el resto, déjaselo a Dios.

Bendiciones y paz.



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