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La prueba del fondito

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco

Juan Rafael Pacheco | ACTUALIZADO 17.05.2019 - 6:31 pm

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El tema del perdón, el borrón y cuenta nueva, el dar antes de pensar en recibir, son sin lugar a dudas mis  favoritos.
    
En mi caso --que quizás también sea el tuyo-- yo amo el perdón, deseo siempre perdonar --o pedir perdón-- porque  es el mejor negocio que uno pueda realizar. La paz, la tranquilidad, la alegría que se recibe al perdonar, o al pedir humildemente ser perdonado, no tiene comparación con el dolor que produce la inquina, la rabia del rencor, los dolores de cabeza de la venganza, el maquiavelismo de estar buscando como cobrárselas, que va, nada de eso vale la pena. Perdona o pide perdón, y echa pa'lante y vive feliz, en paz, que todo eso sabe a gloria. O como decía una tía mía muy querida, "¡sabe a bizcochito!"
   
Cuentan de una mamá amorosa, que al dar la sopita al niñito desganado, lo motivaba a que la terminara asegurándole que “el fondito es precioso, mi niño lindo, ahí está Dios, no puedes verlo, pero ahí está…”
   
El padre Ron Holheiser afirma que no amamos como Jesús nos invita a amar. Jesús no  dice, ámense unos a otros según sienta su corazón, sino más bien: “¡Ámense unos a otros como yo les he amado!”

Y la mayoría de nosotros no hemos logrado eso:

No hemos amado a nuestros enemigos ni hemos salido a abrazar a los que nos odian. No hemos orado por nuestros opositores.
   
No hemos perdonado a los que nos han herido u ofendido, ni a los que asesinaron a nuestros seres queridos. Hundidos en el dolor de las ofensas, no hemos pedido a Dios que perdone precisamente a los que nos están ofendiendo “porque realmente no saben lo que hacen”.

No nos hemos liberado de nuestras rencillas y rencores.

No hemos sido capaces de expandir nuestros corazones para ver a todo el mundo como hermano o hermana, por encima de raza, color o religión.
    
No hemos hecho una opción preferencial por los pobres, ni les hemos invitado a nuestra mesa, ni hemos superado todavía nuestra tendencia a relacionarnos con la gente más atractiva e influyente.
   
No nos hemos sacrificado totalmente hasta el punto de perder todo en beneficio de los otros. En realidad, nunca hemos entregado nuestras vidas por nuestros amigos – menos, especialmente, por nuestros enemigos. No hemos estado dispuestos a morir, justo por las personas que se nos oponen y están tratando de crucificarnos.
   
No hemos resistido a nuestro impulso natural de juzgar a los demás, de imputarles motivaciones.

No hemos dejado el juicio para Dios.
No nos hemos amado y perdonado a nosotros mismos, sabiendo que ningún error o equivocación que cometamos se interpone entre nosotros y Dios.

Está claro: No hemos amado como Jesús amó.

Y es que amar no es nada fácil. Por lo contrario, es dificilísimo. El gran filósofo cristiano Jacques Maritain, habiendo sufrido en carne propia los sufrimientos de la última enfermedad de su esposa, afirmó que  “solamente dos tipos de personas piensan que el amor es fácil: Los santos, que a través de largos años de sacrificio propio han alcanzado un hábito de virtud, y los ingenuos, que no saben de qué están hablando”.
   
Cuando se quiere probar a alguien, saber para lo que da, solemos decir que hay que hacerle la prueba del fondito. Entonces, examinemos nuestra conciencia, pero hagámoslo a cabalidad. Vayamos hasta el fondo. A eso nos reta el texto que acabamos de leer.

Y es que como dulcemente asegura la mamá a su pequeñuelo, en el fondito está Dios.
 
Bendiciones y paz.
 


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