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En verdad, ¿puede una persona llegar a ser feliz a largo plazo?

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza | ACTUALIZADO 19.05.2019 - 4:48 pm

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He leído en este mismo diario, dos interesantes artículos sobre la felicidad escritos por Pascual Ramos y Juan Núñez Collado que, en sus enfoques, sobre un tema que por miles de años ha inquietado al ser humano, son prácticamente coincidentes. Y aunque los autores de esos dos buenos artículos exponen sus puntos de vista sobre una sensación humana tan ‘resbaladiza’ como la felicidad, porque aquello que hace feliz a uno no tiene por qué desencadenar la felicidad de  otro, siempre habrá en cualquier cultura o sociedad un parecer señorial sobre lo que hace feliz al individuo, y también una opinión agreste o de chulería de algún ciudadano para quien no hay cosa que provoque mayor felicidad que degustar una sabrosa y olorosa jigüera   de sancocho de cuatro tipos de carne aderezada con un par de aguacates criollos.

Los psicólogos positivos afirman que puede haber tres circunstancias de sentir felicidad: 1) cuando logro el placer que colma lo que esperaba, 2) cuando asumo y cumplo plenamente una vida de compromiso y 3) cuando mi espíritu se regocija por los dones recibidos. Todo esto es cierto, pero el problema con sentir o experimentar felicidad es que  es lo más parecido a la mujer que se casó en 1945,  enviudó en el 2004 y volvió a casarse en el 2005 con un enamorado que tuvo en 1930 cuando ella cursaba el sexto grado.  ¿Podría ella decir sin darle mucha vuelta cuál de los dos matrimonios le produjo mayor felicidad? Claro, sería difícil decirlo porque parece ser que la felicidad  es un asunto de grado y época y de lo poco o mucho que usted necesite para sentirse feliz.
Por supuesto, mientras más desea una persona  cumplir sus expectativas asumiendo que vive en un mundo pequeño y de muy poco enmarañamiento, es decir, de cosas y realidades simples, más pocas son las cosas que necesita para sentirse feliz. En cambio, si usted asume que su mundo es tan grande como el Universo y que sus expectativas pasan por tener como morada una casa cuyo jardín con palmeras, rosas y duraznos ocupen una superficie de 100 tareas, disponer de un carro distinto  para cada día de la semana y por cada año,  de una villa en cada polo turístico, de la simpatía y disponibilidad de varias buenas hembras y además de fortuna para gastarla sin pensar en la pobreza de los que le rodean, pues entonces lo que usted necesita para sentirse feliz es tanto   que sería muy poco probable que llegue a decir: “!Qué feliz me siento!”
Aunque al lector le parezca contradictorio, pero la gente de los países altamente desarrollados, a pesar de la abundancia y de todas las ventajas de que gozan en comparación con los habitantes de las naciones pobres como la República Dominicana, no han logrado aumentar su nivel o grado de felicidad en los últimos 60 años, por lo que aun disponiendo de lo material y comodidades en demasía, esas personas afirman que no se sienten felices porque ven sus vidas pasar como si vivieran apretujadas en un refugio donde todos son desconocidos. Y esa sensación de soledad inexplicable hoy se conoce como la “paradoja de Easterbrook”, en remembranza de los hallazgos hechos por la psicóloga británica Gregg Easterbrook quien publicó un libro en 2011 titulado El progreso paradójico, donde una investigación hecha entre sociedades desarrolladas de Europa,  comprobó que mientras más desarrollada es una sociedad, mayor es su sensación de infelicidad.

En nuestro propio país, que está muy lejos de ser una nación desarrollada, pasa lo mismo que en aquellas desarrolladas: los grandes propietarios de bancos/cas, de empresas, importadores de mercancías y medicamentos,  ganaderos,  terratenientes, sindicalistas empresarios y políticos empresarios, quisieran sentir que la felicidad se le asoma siquiera por un par de horas, pero ¡qué va!, de eso nada.  Viven tan empeñados en obtener más y más ganancias y en lograr más y más reconocimiento de la sociedad y poder de influencia  entre sus iguales, que cuando van al baño se sorprenden de lo que sale de su vejiga y de su intestino, pues estaban convencidos que “esas cosas” eran utilidades. Y al comprobar que no son, el chin de satisfacción que sintieron por haber vaciado su vejiga o su intestino, desaparece de inmediato.

La felicidad es un hecho de a poco; y no es ni larga ni ancha. Si su mundo es breve y simple, aprovéchesela de manera positiva aunque apenas dure cinco segundos. Pero si su mundo es complejo y agotador, alcanzarla se convierte en una quimera. Por eso es que para ser feliz no hay que renovar el closet cada seis meses ni cambiar de mujer ni carro anualmente. Basta con vivir a plenitud con lo necesario y compartir con el prójimo los días buenos que Dios nos da y ser solidario con aquél en sus días azarosos.
Mientras más tiempo dedique a los programas de “análisis” y encuestas políticos, a los chismes embrutecedores de las redes sociales y a pretender afrontar necesidades que les crean los anuncios comerciales, pues olvídese de tener algún día un solo minuto de felicidad.

El autor es Terapeuta familiar
Centro Médico Cibao-Utesa


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