20 Junio 2019 10:08 AM

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Mamá: que nadie empañe tu figura

Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara

Luis Alberto De León Alcántara | ACTUALIZADO 22.05.2019 - 7:22 pm

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Dios les ha concedido a las mujeres el don de ser madre. Es el privilegio más alto del que puede gozar una criatura, ya que conlleva una gran responsabilidad. De aquí entonces, que no podemos limitar el concepto “madre” a una única y exclusiva tarea de traer un nuevo ser al mundo, sino que es más que una función biológica. Ser madre es un gran gesto de amor. Es la conexión de afecto que siente una mujer cuando observa un bebé que ha salido de su vientre.
   
Cuando hablamos de madre, generalmente pensamos en un ser que bajo sacrificio, entrega, esfuerzo, humillaciones y toda clase de peripecias ha sacado a sus hijos adelante. Se piensa en esas mujeres que pese a todas las circunstancias y dilema de la vida, son capaces de luchar contra viento y marea para no abandonar el compromiso que Dios le ha confiado. Por esta razón, cuando una mujer deja sin protección a sus hijos, se entiende que no se le puede llamar madre, ya que cuando se tiene principios y criterios morales nunca se dejan las responsabilidades humanas.  
   
Por eso, ser madre no es un lujo, tampoco un logro humano, como creen aquellas jovencitas que al ver mujeres embarazadas, sienten envidia y celos por ellas, y sin pensar en la responsabilidad que implica esta gracia de convertirse en mamá, buscan todos los medios necesarios para de igual forma, dar a luz y cumplir su antojo y su capricho de tener un bebé. Olvidan que no es el hecho de tener un niño que las convierte realmente en madres, ni el hecho de haberle colocado un nombre con su apellido, sino en darle todo en cuerpo y alma.  
   
Cuando se cree que ser madre es simplemente llevar por nueve meses un embarazo y luego dar a luz, entonces esta imagen queda empañada, pues se comienza a promover una madre que solo trae niños al mundo. Se va creando la cultura de restarle grandeza al don materno de la mujer. Y crece la propaganda de pensar que un hijo lo puede tener cualquiera, que no hace falta cuidarlo, que para eso están las abuelas, las hermanas o una tía, llevando a que nuestra sociedad tenga miles de niños huérfanos con sus madres vivas.
   
A lo mejor cuando una adolescente queda embarazada, se le olvida que esa persona que se irá formando dentro de ella, necesitará calor humano y que cuando nazca tendrá que enseñarle progresivamente lo bueno, lo noble y lo justo. Que en la sociedad en la que vivirá no bastará con darle leche y pampers, que su personalidad se forjará con ética, con moral y con los valores cristianos que les puedan inculcar. Si lo hace así, le gritará a la sociedad de que “madre es solo una, y que mujeres hay muchas”. Por consiguiente, está en mano de cada madre dar lo mejor de sí, educar a sus hijos con principios humanos y espirituales, para no dejar que otros dañen su figura, su amor incondicional.



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