En esas páginas de tiempo, después del justo óbito del sátrapa y los venideros años de una ansiedad de libertad, creció una juventud, con sed de aprender las cosas prohibidas, aquellas que servían para acoplarse a una verdad de consciencia, donde la cordura era el ángulo primordial.
Los deseos eran muchos, la confusión perneaba, aunque la ignorancia { y por tanto el analfabetismo } marcaba un índice preocupante; los intelectuales de honrada fe y los aspirantes al conocimiento y la sabiduría, estaban gozosos ante el acontecer de un futuro, donde el idealismo de las capacidades y la justicia, hicieran de la vida en común, un desarrollo pleno.
La Luna está en cuarto creciente, así mismo avanzaba hacia el plenilunio el intelecto de los jóvenes de aquel período, con el vigor característico a todo novel con ideales.
La lectura se convirtió en un arma poderosa, las polémicas vestidas de prudencia y fundamento, eran frecuentes, en centros de cultura y esquinas frecuentada por mozos de sanos juicios.
Las lluvias pasan; pero a veces en la tierra se convierten en corrientes, en fuertes torrentes, en inundaciones y muchas veces dejan angustias, pesares y muertes. Así mismo los poderes absurdos diezman las virtudes y deslizan con astucia, orgías, desde las aparentes sencillas sugestiones, hasta las sanguinarias represiones, muy en especial, en los países marginados, donde campea la nesciencia y se disemina un perfume misántropo, capaz emponzoñar, el entendimiento y aturdir la floración intelectual.
Nostalgia por una juventud sobreviviente a los ásperos y tortuosos años y tristeza ante la expiración de recios y valientes emancipados del saber y de la acción, cuyas metas quedaron atrofiadas, en el fragor de una persecución tenaz y sin piedad.
La añoranza culmina con un desahogo íntimo o una expresión volando, similar a una pequeña hoja de papel, en una peregrina aventura dentro de un sombrío tifón.
Siempre, en cada generación, en cada década o época, habrá una miscelánea en las sociedades, pero cuando zafios y rudos predominan, bajo las bambalinas de publicidades alienantes, las masas se convierten en mansedumbre y serviles adefesios, deteniendo el curso lógico de una historia.
Añoranza capaz de entristecer, por ver desde hace tiempo, dibujarse por las libélulas de la sinrazón, un horizonte borroso, donde se aprecia un lenguaje procaz, capaz de llegar a algunos medios de comunicación colectiva y una precariedad en el interés por una lectura edificante.
Las perlas de lluvia traen la nostalgia de ideales que, aunque no han logrado su total iluminación, persisten latiendo, para una herencia intelectual, cuando el sol de la sensatez, logre aclarar el sendero de los ambulantes en el laberinto nebuloso.
El autor es médico, escritor y poeta
