22 Mayo 2012 11:59 AM

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La crisis de la edad madura del PRD

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza

Pedro Mendoza | ACTUALIZADO 05.02.2012 - 11:20 pm

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En hombres y mujeres la edad madura inicia a los 40 años. Y todos debemos admitir que a partir de esa edad, nada ni nadie impedirán que hagamos la famosa crisis de la edad madura. Aunque a usted le parezca un absurdo, lo cierto es que la crisis de la edad madura también alcanza a las organizaciones políticas. Un ejemplo palmario de este extraño pero corriente fenómeno es el PRD. Pues los partidos políticos, al igual que las personas, son impulsados por idénticas emociones. Por ejemplo, la esperanza, el compañerismo sincero y la autenticidad fueron tres emociones que nuestros adversarios perredeístas exhibían orgullosamente. Hoy sólo contados miembros de ese partido se atreverían a decir públicamente que esas emociones forman aún el pegamento que los mantuvo unidos en un único propósito: “ser la esperanza nacional”, como solían autocalificarse.
   
La crisis de la edad madura hoy hunde al PRD porque sus líderes y militantes practican lo contrario a lo que aconseja la ciencia de la conducta humana. La psicología enseña que cuando  en uno de los miembros de un colectivo humano, como es un partido político, ocurre una perturbación como que se muestre desafiante, hostil, manipulador y hablador (chismoso), lo indicado no es tomar el caso como una conducta individual de aquel miembro como si éste fuera un aislado ser irracional, sino tratar el hecho como un síntoma indicador de que todo el colectivo esta perturbado o enfermo. Por lo tanto, en vez de aplicar un correctivo al miembro perturbado, lo sensato es someter a todo el partido a un profundo examen hasta hallar la raíz o causa intima del síntoma. En el PRD los celos políticos son vistos como una fortaleza cuando en realidad son una debilidad. Los celos constituyen el doloroso sentimiento de que otra persona está disfrutando de alguna ventaja. De pronto surge un deseo terrible de adueñarse de esa ventaja lo que automáticamente trae aparejada una enconada rivalidad que el chisme “de cuello blanco” se encarga de llevarla a su enésima potencia. La psicología enseña que los celos y rivalidades en las organizaciones sociales son conductas que no pueden ignorarse porque estas dejarían de ser eje de referencia del resto de la sociedad lo que le restaría simpatías y adhesiones.  Si surgen celos y rivalidades la medida para contrarrestarlos tiene que ser precedida por un minucioso examen de toda la estructura partidaria para cortar ese grave mal en su raíz.  En el PRD, aunque parezca paradójico,  todo hace suponer que los celos y rivalidades son estimulados desde la cúpula hacia la base. 
   
En casa de nuestro adversario nadie es capaz de generosidad y desprendimiento. Es como si allí ninguno de sus miembros alguna vez haya leído Los miserables, obra maestra de la literatura mundial de Víctor Hugo. Permítame, amable lector, hacer una digresión para brevemente referirle el argumento de esa monumental novela francesa. El personaje central de esa obra es Juan Valjean, el cual fue condenado porque robó una hogaza de pan para dar de comer a sus hijos y a su mujer que morían de hambre. Debió hacer trabajo forzado durante diez años en condiciones espantosas y brutales. Al salir de prisión, entró a la casa de un cura y robó varios objetos de plata. Fue detenido por las autoridades que avisaron al cura para que se querellara contra el ladrón. El cura dijo que no lo acusaría de nada y que si Juan Valjean quería podría ir nuevamente a la casa para que se llevara los otros objetos de plata que olvidó  robar. He ahí una fabulosa muestra de generosidad que el PRD debería imitar si quisiera un día poner remedio a sus males.  Pero resulta que en el partido blanco todos sus miembros padecen del complejo de primacía, lo que significa que cada perredeísta se cree el hijo único de la organización. Cada uno cree con sinceridad que como hijo único todo debe girar en torno suyo: atenciones, decisiones, candidaturas, elecciones, posiciones. Incluso, imaginan que las decisiones sobre políticas de Estado y de la economía nacional, o bien, las decisiones de la JCE, también deben girar de acuerdo a qué piensan en cada momento. La psicología señala que cada individuo debe esforzarse hasta la obtención de suficiente fuerza creativa, pero también señala que la fuerza creativa del grupo representa mucho más que la suma de la fuerza creativa de cada uno de sus miembros.


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