Al igual que Jesús, sus familiares y amigos, entre los que se encuentra José Gabriel Villamán, al presentar a Elías en el templo, no vamos a ofrecer en sacrificio -porque no lo necesita- como mandaba el Libro Sagrado, ni al
inofensivo cordero y ni a la inocente paloma, aunque debo decir que Elías
hubiese deseado obsequiarlo, porque se trataba de las Santas Leyes del Señor.
Cuando le entregamos a la puerta del templo a Elías, muerto y convertido en niño, estamos recreando el día que Jesús fue recibido en oración en la puerta del
templo por un sacerdote y es así como nuestro amigo, un hombre igual a como fue Simeón, inspirado en el Espíritu Santo, ve al Señor por primera vez. Elías, sin lugar a dudas, fue en vida un hombre de Dios, por eso y por las obras que realizó asciendió al Cielo bajo la promesa de que no morirá sin ver a Dios.
Quienes conocimos a Elías nos consideramos soldados fieles de él, porque nos regocijamos con su sabiduría y con todas las enseñanzas que nos proveyó en vida.
Su muerte, a la vez que nos llena de tristeza, nos contenta, porque está al lado del Señor.
Elías no sólo fue un ser humano generoso, también fue un hombre alegre porque amó la música, sobre todo las composiciones y la voz del “Zorzal Criollo”, Carlos Gardel. En vista de que Elías Fadul se hechizaba al cantar y oír las canciones de “El Morocho del Abasto”, creo que mi viejo amigo José Gabriela, quien le acompañó siempre en aquella finquita suya de los recuerdos de Gardel, no debo terminar este homenaje póstumo sin antes despedir a Elías con una de las canciones de su preferencia:
Adiós muchachos compañeros de mi vida/barra querida de aquellos tiempos/me toca a mí, voy a emprender la retirada/debo alejarme de mi buena muchachada./Adiós muchachos, ya me voy y me resigno./Contra el destino nadie la talla./Se terminaron para mí todas las farra./Mi cuerpo enfermo no resiste más./Acuden a mi mente recuerdos de otros tiempos,/de los buenos momentos que antaño disfruté/cerquita de mi madre, santa viejita/y de mi noviecita que tanto idolatré./Se acuerdan que era hermosa, más linda que la diosa/y que ebrio yo de amor le di mi corazón,/mas ese señor celoso de sus encantos/hundiéndose en el llanto se la llevó/.
El dios jefe supremo no a quien se la resista/ya estoy acostumbrado su ley a respetar,/pues mi vida deshizo con sus mandatos/llevándome a mi madre y a mi novia también./Dos lágrimas sinceras derramó en mi partida/por una barra querida que nunca me olvidó/y al darle a mis amigos el adiós postrero/le doy
con toda mi alma mi bendición/.
Adiós muchachos, compañeros de mi vida/barra querida de aquellos tiempos/me toca a mí, voy a emprender la retirada, debo alejarme de mi buena muchachada./Adiós
muchachos, ya me voy y me resigno,/contra el destino nadie la talla./Se terminaron para mí todas las farras./Mi cuerpo enfermo no resiste más/.
El autor es abogado.
