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Dos veces he visto bailar a Norma

Dos veces he visto bailar a Norma

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Fernando Cabrera | ACTUALIZADO 18.06.2019 - 5:16 pm

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A doña Norma García la conocí hace casi una treintena de años, al llegar de Cuba. Desde el principio me impresionó su señorío, su aristocracia innata que jamás ninguna ideología o circunstancias ha logrado menguar. Eran obvios sus buenas maneras y sus profundos conocimientos, su don de mando, su confianza y la intensidad de sus sueños. Entonces su anhelo utópico era la danza clásica, sembrar en un terreno infértil, esa tradición centenaria que Cuba había adquirido de manos de los Alonso a mediado del siglo pasado, consolidándose con la Revolución en su roce con los países de la Europa Central. Para la menuda ballerina recién llegada, como para su Cuba, el ballet era más que un divertimento, una forma de vida. Cuba enraizó la danza clásica a tal punto que el arduo camino de aprendizaje convirtió su experiencia técnica, su modo de bailar, en un modelo admirado y seguido en el mundo conocido como “la Escuela Cubana de Ballet”. Para doña Norma, o mejor, “Normita” para sus cómplices, la difusión y enseñanza del ballet se convirtió en su misión en un Santiago, que sin ser el de su oriente cubano, asumió como norte profesional y, finalmente, como su hogar definitivo.

Doña Norma empezó a educar, a contagiar su pasión, en el Centro de la Cultura “Ercilia Pepín”, cuando este era el faro de la gestión artística en el Cibao. Pronto nos tropezamos en los primeros años de los noventa, durante el informal e irreverente nacimiento del Festival Internacional Arte Vivo. Ella animada por el atrevimiento de adolescentes que desafiaban el establishment conservador agitando artefactos creativos posmodernos de expresión trascendente y convocante. Entonces, recuerdo que, si la memoria no me traiciona, en el patio español de la vieja mansión republicana, Casa de Arte, al igual que antes una Maridalia Hernández seducida por la fiebre de artistas y diletantes enardecidos cantando a capella sobre una silla de guano, Norma se animó a improvisar pasos rítmicos galantes con un Armando Villamil eufórico.
   
Con los años, inevitablemente, la magia de Artevivo, nos hizo cómplices para siempre. Han sido muchos los retos imposibles que desde finales de los ochenta hemos venido asumiendo; especialmente, las realizaciones de las más nutridas, espontáneas y democráticas galas nacionales de ballet. De las manos, incluso pudimos vencer las bellaquerías de representantes artísticos fulleros, y seducimos a lo mejor de la trova habanera (verbigracia, Pablo Milanés y Amaury Pérez) para que sumaran sus principalísimas voces al coro por la utopía de un solo canto caribeño.

Concurrentemente al de la educación estatal y la gestión cultural, doña Norma, apostó a crear su propio refugio de enseñanza, el Ballet Clásico Santiago, hoy una respetable y próspera iniciativa por la que desfilan, de manera preferente, la mejor cosecha de talentos de nuestra sociedad. Con orgullo su escuela puede mostrar bailarinas con importantes trayectorias nacionales e internacionales y miríadas de señoritas que, derivando sus intereses profesionales hacia otras áreas, hoy son amantes seguidoras de la danza. Si algo le queda pendiente en este aspecto a la dinámica profesora es terminar de vencer el prejuicio machista que impide una mayor incorporación de estudiantes masculinos, de bailarines, en tanto complemento indispensable para enraizar este arte.

Lo ha intentado, me consta.  Yo mismo decliné su gentil ofrecimiento de formar mis dos hijos, los cuales se mostraban más animados con las acrobacias del fútbol. Los esfuerzos de doña Norma ha sido ampliamente reconocido por la aceptación de su escuela, ya con ramificaciones en otras ciudades cibaeñas, y también por instancias municipales y estatales dominicanas.

Este sábado 15 de junio la he visto danzar otra vez. No lo hacía públicamente desde hace muchos años.        

Su pareja ha sido Carlos Veitia quien, con su Ballet Concierto Santo Domingo, me parece fue nuestro primer invitado célebre a la primera gala de ballet que organizamos en Arte Vivo.        

Ambos lucieron estupendamente, fabulosos; vestidos de fiesteros de salón, ambos de negros, el de traje negro ceñido y ella de traje negro de tela iluminada con lentejuelas, de falda con terminaciones picadas como estrella, hasta las rodillas. Con sobrada picardía en una sonrisa que nunca cesó, retaron el qué dirán de un público anonadado. Pisaron el tiempo y los arpegios y acordes armónicos del danzón Almendra, autoría de Abelardo Valdés, con elegantes y atrevidos movimientos acompasados.
   
Claramente disfrutaban su audacia de danzar con la misma pasión de los debutantes y graduandos que lo precedieron. Bailaban estupendamente, con la seguridad de que estaban dando los más entrañables pasos de sus vidas. Danzaban más que para el presente, para una fijar una imagen imborrable en la memoria de un público extasiado, efusivo y confidente, que estallaron en aplausos que acallaron el “Bravo” que como ronco grito escapó de mis labios, de mi corazón y de mi mente.  
   
(A mi lado Luisa Rebecca tomaba fotos, para que nadie nos quitara lo bailado).




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