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27 de Febrero

ACTUALIZADO 27.02.2010 - 12:48 pm

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Festejos auspiciados por las autoridades públicas, celebraciones en la esfera educativa como tradicional recordatorio del acontecimiento que marcó la génesis de la República, fiestas populares en las que no faltan los enmascarados que por casi todo el país y con nominales genéricos diversos incitan correderas de niños y jóvenes, recordando con todo ello el esfuerzo invaluable de aquellos antecesores que hicieron posible la separación de Haití el 27 de febrero de 1844.
Mas, nada de cuanto se lleva a cabo ha debido hacer olvidar al pueblo y a las autoridades que guían al Estado Dominicano que la Independencia es algo más que una palabra o una pose en organismos multilaterales o ante los gobiernos de otros países con los que se guardan relaciones de amistad y comercio; que la Independencia es una carga que autoridades y pueblo deben acomodar cada día sobre el hombro común para impulsar la justicia social, promover el bien común, dar base firme y sustento sólido al sistema democrático, afianzar la institucionalidad y engrandecer el nombre patrio.
Es lamentable que después de ciento sesenta y seis años, pueblo y gobiernos mantengan una tan lejana postura respecto de las columnas vitales de la Independencia y que rasgos materiales de ésta, como la capacidad de decisión de las autoridades respecto del destino de los ingresos públicos que derivan del pago de impuestos se sujete a miramientos y puntos de vista que ajenos a los propios de la soberanía popular; o que la realización de obras, quizá intrascendentes por el monto de la inversión, dependan de préstamos de bancos privados internacionales, de gobiernos con los que son mantenidas relaciones diplomáticas o de organismos multilaterales de financiamiento.
Se asiste, por consiguiente, a los festejos del 27 de febrero desprovistos de la vitalidad independentista con que soñó Juan Pablo Duarte y Diez cuando soñó esta República y los patriotas que a lo largo del siglo XIX se convirtieron en constantes vigilantes de la brillantez de un proceso que fue mancillado a veces por culpa propia y no en escasas ocasiones debido a los conflictos de grandes potencias que actuaron bajo el estímulo de las debilidades de las instituciones públicas.
Cabe por consiguiente, que se someta a examen el concepto que se ha asumido sobre la Independencia de la República Dominicana, más que para reflexionar sobre las teorías en unos tiempos en que los viejos conceptos son reformulados y se anima el espíritu de la interdependencia, para reconocer que la verdadera Independencia Nacional se sustenta en la capacidad de los dominicanos para fortalecer un Estado nacional fuerte que sirva de cobijo a gobiernos nacionales capaces y ágiles en la resolución de problemas de las comunidades e inclinado al bien común dentro del ámbito de la seguridad ciudadana, la justicia, la paz y las libertades individuales.    



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