También esos desajustes e incongruencias se manifiestan en la vida política en donde la población expresa una serie de contradicciones que implican un estado de confusión sobre las orientaciones a seguir. Así lo revela la más reciente encuesta de la Penn, Schoen, cuando establece que la gente opina desfavorablemente respecto a los partidos, a pesar de que una mayoría (84%) dice ser miembro o simpatizante de algunos de los partidos, quedando sólo un 16% como independiente.
Otros datos establecen que un 63% dice que el país va en una dirección equivocada, mientras para un 74% la economía va mal. Sin embargo, un 53% expresa mayor satisfacción con los gobiernos de Leonel, lo que parece incidir en una mayor preferencia del candidato oficialista, Danilo Medina, 46%, contra un 44% de candidato opositor, Hipólito Mejía.
Esas incongruencias tienen que ver con ciertas distorsiones provocadas por la “cultura de la política como negocio” la cual ha traído consigo el oportunismo y el clientelismo, directamente vinculados a la partidocracia que protagonizan los partidos tradicionales, mayoritarios y emergentes, para los cuales la política es sólo una oportunidad de buenos negocios para ascender en la escala social.
Los partidos en el gobierno han revalorizado monetariamente la política al elevar escandalosamente los niveles de sueldos de los funcionarios, al tiempo de corromper el ejercicio de la función pública, convirtiendo la política en la actividad económica más rentable e inmoral.
Por eso la gente manifiesta desprecio por los políticos, pero al mismo tiempo tiene que andar detrás de ellos como parte de su clientela. Por eso también valora mal la situación del país y de la economía, pero tiene que aceptar al gobierno y su candidato porque es el máximo proveedor y protector dentro de un estado generalizado de indefensión.
La trampa política
La política resulta una trampa llena de contradicciones e incoherencias que prostituye las instituciones y los hombres públicos y privados. Se trata de una conclusión que obligadamente provoca la necesidad de un cambio, de un cambio que no se ve por dónde habrá de surgir, ya que todos los actores políticos, tradicionales y alternativos, parecen atrapados y sin posibilidades de inspirar la “rebelión de la masas”.
El “pesimismo” es el sentimiento común, resultante de la impotencia frente al poder dominante de la partidocracia corruptora y generadora de un clima general de confusiones desorientadoras.
¡Hagamos conciencia y salgamos de la trampa!
