Este drama que habla de nuestra pobre condición socio-humana, fue en otros tiempos la manifestación más sobresaliente y penosa de la pobreza. Sin embargo, ahora se le unen otras expresiones no menos graves reveladoras de las penurias nacionales. En efecto, los frecuentes feminicidios y su secuela de espanto, los frecuentes homicidios de indefensos por una criminalidad que aterra, así como las muertes de lado y lado en los enfrentamientos entre las bandas delictivas y los efectivos policiales, además de los sangrientos asesinatos del crimen organizado y del sicariato vinculados al narcotráfico, constituyen claras manifestaciones de las dimensiones que alcanzan los graves problemas sociales en nuestro país.
Esos problemas que en vez de tener solución se agravan con el paso de los tiempos, son las consecuencias directas de una política internacional global que impone en los países como estrategia económica “la tasa de crecimiento de la economía” dentro de una supuesta estabilidad macroeconómica que todo lo encarece y que privilegia el libre mercado, la privatización y la movilidad de los capitales productivos y especulativos que buscan maximizar la utilidades aún en contra de las poblaciones y del medio ambiente y los recursos naturales.
Esa política y esa estrategia fueron impuestas en el país, especialmente, a partir del 1996 cuando se le puso fin a la vieja estrategia proteccionista que impulsaba la política de la industrialización vía sustitución de las importaciones y del Estado de Bienestar. Por eso vemos como se dilapidan y se saquean los recursos naturales, y como han sido derrochados los recursos fiscales propios y ajenos para promover los mega-negocios y la falsa gobernabilidad que hipertrofia e incapacita al Estado.
El cambio se impone
El agravamientos de los problemas sociales es, entonces, la otra cara de un crecimiento económico que tiene como contraparte visible la modernidad urbana y la concentración de la riqueza en una minoría oligárquica a la cual se ha integrado con mucho dinero la tecnocracia partidaria gobernante indolente frente al drama humano.
Mientras en el país no haya un cambio que modifique esa política económica dominada por el capital especulativo, traído por el neoliberalismo salvaje, no será posible impulsar una política de real desarrollo que no sólo incorpore a la población a los sectores productivos, sino que al mismo tiempo eleve la calidad de vida y haga desaparecer o atenuar los graves problemas que hoy definen el drama humano dominicano que se debate entre el deseo de huir, la criminalidad y la corrupción rampante.
¡Con quien sea el cambio se impone!
