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Café edición 2 de noviembre 2019


  • Miguelina Medina | 01-11-2019

La voz de tus pupilas


Ya sé que no era cierto
el amor que me dieron tus ojos
una letra caminaba por mi nombre
a escondidas   
yo  creía a su amor.
La palabra era un hueco sin fondo
y  llenó el abismo.
La sima es un niño inocente de sol
reluciente de luz
es un azul inexistente
percibido por ojos finitos
porque el infinito es cordura azotada
silencio de ojos perdidos.

Porque los ojos también saben de silencios
y en él escriben.
Tus ojos me dieron un silencio que oigo
y me canta y me posee.
Tus manos tomo en mis anhelos
y tu voz la escucho en el contorno de tus pupilas
tu rubor es contenido
el mío está desnudo y humedecido.

Anoche soñé tus manos sobre mis ojos
y ciertas,
sanaron las voces que me atormentan.
 

El cese de la espiga
 
Del amor que rueda
no se recoge la siembra
líquida seca su humedad
en el pavimento
sólida descompone sus bondades.
 
Ruedan mis amores
no humedecen mis pavimentos
no expulsan el aire que quema en el silencio.
Sus hojas pegadas están
a sus pedúnculos aún
más, ellos no vienen
ellos se esconden.
Era la marca antigua que no veía
no llegaron a tanto los ojos niños
adivinar el pensamiento 
para el cese de la espiga.
 

Sin sandalias

Aquel recuerdo
que parecía sin sentido
era la premonición de las miserias
vagaba en los vientos de las piedras molidas
sin túnicas
parafraseaba a los globos blancos
que prometían volar cerca de él.

“Mea culpa”

Cuando vi mi nombre
dentro de tantos nombres
noté que él me había lanzado al lago
me vi flotar sin corriente
un escombro en un Danubio opaco
bajo un ocaso sin luna
incrustada en una verdad
de extranjero.
Mi nombre asilado
a un canto de “Mea culpa” equivocado,
que intento comprender.
Sabes que puedes penetrar las aguas
con tan solo nombrarlas.



Miguelina Medina

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