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José D Laura

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MONOS: contundente drama de Alejandro Landes


  • José D Laura | 11-03-2020

Shakira es el musical nombre de una suculenta vaca lechera entregada como activo explotable, pero ajeno, a una pandilla de “Monos”, un grupo de adolescentes rebeldes en las montañas de Colombia, quienes juegan a la guerrilla.

A Shakira deben ordeñarla para que no explote, cuidarla y protegerla como demostración de disciplina, tanto como a Sara Watson, una rehén americana que ha pasado tanto tiempo con ellos, que ha desarrollado una nueva variante del Síndrome de Estocolmo.

Por encima de las nubes, estos niños y niñas quinceañeras juegan a disparar su cañón de futuro contra la injusticia de nuestras sociedades. Arrancados por violencia o ignorancia, eso poco importa, de sus olvidadas comunidades, ellos son los paladines de la nueva justicia. Menudo futuro nos espera.

Por encima de las nubes, el frío que padecen ha terminado por secarles el alma, permitiéndoles apenas breves y fugaces momentos de ternura adolescente.

Estos “monos” viven una realidad alterna a la de nuestras sociedades de horario corrido y rutinas tóxicas, esta otra guerra en que todo está programado, esta otra realidad infestada de políticos. No sabemos qué es peor. Y lo peor, siempre está por llegar algo peor.

Esas montañas, ese frío y las explosiones de la guerra son las precisas fronteras que enmarcan el mundo de estos “monos”, entrenados (como todos) para matar o morir, para olvidar y parir un mejor futuro, desde su particular punto de vista. El resto solo somos vulgares espectadores que aspiramos final feliz.

Por su edad, a estos “monos” podría parecerle aquello un video juego con efectos en 4D. Para nosotros, una herida que nunca va a cicatrizar del todo, mucho menos con abrazos de guardias y convenios de paz unilaterales.

Alejandro Landes, con su tercera película (sus títulos anteriores: Cocalero (2007) y Porfirio (2011), ha construido un poderoso drama cercano al documental por sus perturbadoras imágenes, dignas del asombro y la incredulidad de todos ante el problema: ¿cómo es posible que esto siga pasando en algún lugar de Colombia en pleno siglo XXI?

Landes acerca su cámara y observa, sin subterfugios complacientes, pero sin contemplaciones. No juzga, no acusa. Nos hace testigos.

La cruda realidad es que nadie es inocente en este conflicto: es tanta la irracionalidad que sacude el aire, que todo pierde su sentido y solo queda aplicar la Ley de la Selva, nunca mejor dicho.

La naturaleza es implacable contra todos. Total, si hemos perdido la cordura en el sinsentido de la guerra porque sí, ¿qué otra fuerza tiene el poder para recuperar estos esclavos del proceso?

En medio de la selva, olvidados hasta por el olvido, los instintos emergen como la llave secreta para la supervivencia. Mientras más salvajes llegamos a ser, más probabilidades tendremos de salir de este infierno que se cobra con nuestra cordura. Y, de paso, se engulle nuestra esperanza.

En medio de la selva, abandonados a su sino, el peor enemigo no son los militares que custodian el orden: sus peores enemigos son ellos mismos, lobotomizados en el nombre de ideologías rancias, con apuestas de guerra que siempre se pierden. 

En más de un sentido, estos “monos” recuerdan la locura del coronel Kurtz, el inolvidable personaje de Apocalipsis Now. Y no es para menos: el viaje hacia las sombras ha sido el mismo, la desesperanza ha sido común denominador.

Estos “monos” están entrenados y disfrazados para el circo. De un bando y de otro, se disparan sus razones. Y sus descargas de metrallas. Al final, solo serán cifras para los medios de comunicación.

No nos extraña que Monos ganara el Premio Especial del Jurado en el Festival de Sundance y el Premio Teddy en el Festival de Berlín: es un drama absolutamente contundente y una de las mejores películas del año.


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