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Un ciego en el jardín


  • Redacción | 01-03-2021

Autor: William Acevedo Fernández

Prólogo de: Mercedes Morales 

Un ciego en el jardín es un libro de poemas de William Acevedo, que está dedicado a su padre Don Félix Neris Acevedo Lugo, héroe y mentor personal del reconocido poeta. Con su breviario de 105 poemas inéditos acompaña a su progenitor en el difícil tránsito de la pérdida de su vista hasta llevarlo al final de sus días; Poética descansa en el jardín de su casa.

El lapso poético marca el principio de los dos mundos con el inicio de la perdida hasta realzar su imagen posterior.  Demuestra que los impedimentos, la senectud como la decadencia han de enfrentar con la valentía del pensamiento renovador.

Confirma que el dolor es perdurable, no altera la visión del pleno, más aún lo resplandece.  La lirica en continuum describe un camino real, el método de la verdad afianzado en la palabra hecha verbo.

El poemario es un códice de sabiduría que se derrama en gotas lentas: la creatividad apura su calma en versos sudados con hierba fresca que salpican el alma. La retama, la deja enfrascada en el aparador fuera del alcance de los ilusos e inocentes niños.

Del Hecho real

Es la historia verdadera del triste acontecimiento de la muerte de su progenitor. El tiempo poético transcurre cuando queda su mentor ciego.

Emplaza su escenario visual en un hermoso Jardín, lugar preferido del héroe progenie. Observa el hijo poeta a su padre indefenso, detenido, tratando de prolongar el bienestar perdido.

Con las vueltas las sensaciones del pasado   golpea los miedos resueltos al mirar su interés mundano disminuido. Acopia dilucidaciones del bien y el mal, acusa la indiferencia por el dolor humano.

Sin embargo, en el códice elaborado por el poeta en honor a su padre, se logra entrever en el trayecto acucioso del autor, la búsqueda de nuevas habilidades, los dones de un interior conceptual pragmático. El Hacedor de la obra W. Acevedo descodifica para todos, el lenguaje silente de su invención nirvana.  Es la angustia, sistemática, rebosante acontecida desde y fuera del jardín.

En el interior de su propio recinto se guía únicamente por corporales esenciales, entre las ramadas de hojas vivas sueltas al aire atemporal hasta desaparecer en el último verso de cada poema en la nada absoluta del papel vegetal.

El codificador W.A. mueve el pulgar maestrante, ejecuta el crecimiento virtual marchando a tono con el talento y su imaginación, únicos instrumentos del arte miniado de la edad 4-12.  ¡Acevedo es capaz de reescribir lo que no ha escrito! El lector divaga en miniaturas de un pasado concreto: Entre cuentos y leyendas están los estribillos salomónicos que se emiten motivados por las travesuras al pautar la disciplina con los ejemplos de los mitos en la voladura de los Akáshicos.

Eslabones alegran al ritmo de su imaginación, de un íntimo sabor ancestral cuya conexión de padre e hijos se sustenta por generaciones. Hay un pronto donde la pelota se lanza a las manos del hijo para no regresarla. Asume el pesante, la responsabilidad de guiar del padre hasta el Leonte… ¡Es cuando nos hacemos pequeños!! ¡Cuánto los necesitamos y se han ido!  ¡Los padres son gigantes!

En el don de las avanzadas del tambor militar los versos se arborizan con los cánones de la tercera edad.  William Acevedo conserva retablos, estaciones en cascadas de una verdad extraída de siglos y hasta nuestros días de pandemia donde se aviene la juventud briosa y galopante.

Con la palabra aparecida de pronto entra la catarsis: Con una espada la llama lacera hondo, duele la espalda cuando en su duplo fosfórico la luz expele la vida.

Son poemas en los que se sobrepasa la ley del infortunio, por fortuna, el humanista W. A. lo acreditan para ser el dueño de un incunable encriptado de apreciado valor.

El jardín prometido a los lectores se enclava en el habitado pódium del autor de los 105 poemas. No guarda similitud con el “Jardín de las Delicias” del pintor Gerónimo Bosco”: son lunas y amores del buen sentir de la grey de Acevedo en las circunstancias de su haber presencial viendo lunas, céfiros, centellas que se encuentran en el espacio y a su vez arriba del jardín de su casa sinodal y a su vez en la mente de este importante poeta.

Versos que vuelan horizontes asidos de manos al compás de la esperanza del vademécum loas del santo remedio para la longevidad eterna: Sol, lluvia, tierra y signos, frases de interioridades del ser ante la mirada exploratoria de una mina enriquecida vista por los mil ojos de su ojo escudriñador, captador de palabras verdaderas.

Sus poemas cargan una armadura pesada pero brillante, para aprehender la piedra filosofal, alude al martillo y al cincel con toda la torpeza de un aprendiz solitario, cierra un ojo para cincelarla, y por otra parte, se embarra las manos para moldear otras manos que la lluvia degrada. Fija el ceño de cada quien, huella imborrable para trocar las ideas del jardín de los principios y devolverlas a su verdadero maestro en tiempos reales no definidos en su día a día. Al poeta William Acevedo, en su propia autoría no le basta sentirse intimidado en sus pasos de nostalgia, incomprensible, avanza con las horas cansadas, llamas, cenizas, nada. ¡Oh Poeta impredecible! ¡Ave Fénix!

¡Mayordomía del jardinero perenne! El propio texto rompe los respiros, las piedras ya moldeadas y de su puño cerrado, las letras del sino son lanzadas como guijarros antediluvianos al estanque del entendimiento. Vislumbra la caída del pedernal en la, en la rotación concéntrica, que vera Magdalena la del Cristo Jesús en el Gólgota. Los círculos superficiales del entorno vacío no lo vera jamás el poeta W.A., por que dedica tiempo en este siglo, con sus horas y días, al placer de la poesía erudita.

Recurre a la mujer amada, en el jardín Jordán están con ella, están las plantas deseadas y las no deseadas, existe el traspiés, la coincidencia de la némesis en la estoica virtud, la resplandeciente belleza: La Artemisa, la Galia, la rosa, la bella donna y la mandrágora... Sueños del pensar dormido despierto y eterno. WA asienta versos, ¿profetiza?

William Acevedo es un filo cortante, corta de cuajo en la forma del contexto, y es integro al declinar su vértice a los dos rayos del paralelo. Asume con firmeza su posición de gladiador, siendo en el duelo de la vida con la muerte donde logra una zarabanda magistralmente definida. 

No deben las discrepancias medrar su propósito; El jardín no ha sido profanado, debe mirarse con un totalitario cuyas aristas opcionales se resbalen en las pautas poéticas condensadas. 

Recuerden que es la danza del silencio elocuente, aquel que se expande en la superficie de la tierra con su sábana blanca abarcando el todo.   El erudito calcula la simetría en las páginas blancas, papel y hojas hechas vegetal blanco. Consigna sus composiciones sin atender formulas ni recetarios anda solo con su libro, asentando los principios activos del verbo hecho carne. 

Maestro de su propio jardín lo cuida con esmero, allí seduce con su fino caduceo, atesora la eficacia curativa de las plantas, da vegetal sanador para   armonizar los órganos del hombre y la mujer para conciliar el triángulo atómico de la vida. Se refiere a la concentración de los pares e impares: Corazón, cerebro, alma del divino amor en la diversidad biológica espacial de su mandato versado.

Pócima, tónico eficaz para calmar el dolor que llega al corazón para e acompañarnos a la eternidad, mientras la soledad de las especies de toda la tierra se contiene en el tesoro códice de nuestro gran letrado. W. A es un poeta filoso, austero en el nadar filosófico.  Maestrante, se acomoda al plantel cultural saltando los escalones tambaleantes. Nivela el peligro eminente de perdernos nosotros mismos en los límites de la compresión vulgarizada. 

El gran poeta profetiza, un velo febril acuñado en tan hermosas interpretaciones sutiles, sello universal y escudo dominicano. Versos sometidos con rigor al difícil arte de la prudencia.

Escapamos demandando la atención en las enseñanzas de la poesía de W. Acevedo, nodal gordiano alejandrino ante la particularidad toxica de la medianidad. Desearíamos más poesía de los facultados poetas vivos, carne y hueso del selecto mundo global establecido en la Vega: Es importante que se recuperen los lauros del parnaso acreditados al pulso vernáculo de los grandes hombres de las letras y de la patria, ganadores de muchas lides literarias. Orgullo de la Vega, marca país para el mundo que andamos buscando.

La historia consigna a la Vega Real ser el primer epicentro cultural del que se guarda razón en el nuevo mundo. Descubrimos que Acevedo es parte del sitial vegano sangre y luz de la poesía en la contienda que tendrá que lidiar su pueblo. Honor del poeta es defender a los veganos polinizados de una poesía que han fecundado otros continentes, también juro acerca de los patrimonios vivientes, contando con las voces de grandes literatos, filólogos u escritores de todos los tiempos.

 Cultivar el difícil e increíble arte de la poesía hurgando en jardines, ciencias, causa efecto, produce en WA la fuerza de catapultar los compartimientos estancos para invitar con las razones de la bella poesía a Galiope. ¿El lenguaje poético?  Muy pocos los conocen, se cuentan los que logran dominarlo y mucho menos alcanzar las cúspides. Siendo importante que un público avezado aprecie lo propio, guie la generalidad   en sus propias andanzas curiosas del disfrute poético tratando de ampliar esas fibras sensitivas que hacen erizar. 

No existe el invidente que no pueda verlo. La razón es pura y simple. La sociedad se sostiene en el paraninfo con la grey que solo logra estremecer multitudes con la virtud de la alta poesía aquella que fluye con la expresión más excelsa, la que abre de par en par las puertas de la conciencia.  ¡Saber quiénes somos…!

Hacer mecenazgo, dirigir fundaciones, colegiados culturales, motivar gremios u personas    siempre es y será una gran aventura, al efecto Lázaro, las posibilidades, hallazgos en las valencias de la materia física para obtener la valencia de la ley etérea se convierte en la atomizada arma implacable, poesía resucitada, virtual, oral e impresa es la palabra acertada. ¡Es la palabra del verbo!  Un silencio elocuente traza las incondicionales humanistas conocidas por W. Acevedo.

Síntesis de una epopeya viviente del gran poeta William Acevedo Fernández quien público su último libro de poema `Un Ciego en el Jardín` escrito en homenaje a su padre Don Félix Neris Acevedo Lugo (1920-1998)

Códice de las palabras, poemario sopesado en los valores congénitos de 105 poemas de W. Acevedo. El libro está publicado en virtual e impresos. Se conserva un incunable en las manos por derecho del pertinente. Pueden adquirirse todos y leerse bien para fortalecer el juvenil espíritu de la dilecta humanidad de este maravilloso mundo de la poesía sin edades; Sin fronteras.

Mercedes Morales

Febrero 2021


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