23 Octubre 2019 6:07 PM

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Yelidá: El poema del mulataje antillano

Domingo Caba Ramos

Domingo Caba Ramos

Domingo Caba Ramos | ACTUALIZADO 19.09.2019 - 8:02 pm

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2. ¿DE QUÉ TRATA EL POEMA?


Describe la síntesis o fusión de dos razas, la negra, representada por Madam Suquí, y la blanca, representada por Erick, así como la variante que de esta fusión se genera : el mulato, expresión racial característica del ámbito americano, magistralmente simbolizada por la protagonista de la historia : Yelidá.
   
Estructuralmente conformado por 211 versos distribuidos en seis partes: “Un antes”, “Otro antes”, “Un después”, “Un paréntesis”, “Otro después” y “Un final”, Yelidá es un poema narrativo de carácter épico - lírico en el cual se cuenta una historia principal: la historia de una mulata, Yelidá, y otras dos historias secundarias: las del noruego Erick y la haitiana Madam Suquí, padres de Yelidá.
   
En los dos primeros antes (antes de la historia de Yelidá) se nos cuenta (“Un antes”) la historia de Erick, “el muchacho noruego que tenía alma de fiord y corazón de niebla…”, quinto hijo nacido a orillas del mar, “en la pesquera choza de brea y redes salpicada casi por las olas…”. Hijo “de padre ausente naufragado”, “nadador de algas profundas y arenas sorprendidas”, en fin, criado para los afanes del mar, Erick, adolescente aún, había desentrañado todos los misterios del mundo marino. Además de conocer “los nombres de los peces, de las puntas y cabos…”, así como “la oración del canal y la bahía…”, cuando apenas tenía quince años ya “conocía mil golfos…”
   
Ese gran dominio de su entorno o hábitat contrasta significativamente con su inocencia, ingenuidad y carencia de mundanos conocimientos. Tan inocente era, que a los veinte años, Erick todavía “era virgen dentro de sus botas de hule/ y creía que los niños nacen así como los peces/en la noche quieta de los reposos del mar…”
   
La tranquilidad mental del muchacho termina cuando su tío piloto le cuenta, en secretos, tentadoras “historias de islas/con puertos bruñidos y azules/donde centenares de mujeres subían carbón al barco/y donde en la noche florecía el burdel con hondo aliento de tam –tam”.
   
Consciente estaba Erick “de que los marinos noruegos siempre desertaban en las islas, /pero cuando estaban bien borrachos los capitanes los metían a patadas/ en las bodegas sucias y entonces volvían a Noruega…”; pero fue tal el efecto motivador que esas eróticas historias generaron en su mente, que sin pensar en las patadas de los capitanes, “el marinero Erick”, a los veintidós años, decide ausentarse de Noruega y viajar a una de esas “islas de las montañas de azúcar” (Haití), y donde, según su experimentado tío, “las noches olían a cedro como las barricas de ron…”. Se estableció, específicamente, en la porción occidental (Haití) de la referida isla, marco en donde suceden los hechos poéticamente narrados.
   
Por esa razón, a los treinta años (Otro antes), lo encontramos no solo vendiendo arenques noruegos en el pueblo haitiano de Fort Liberté, sino también casado con la negra Madam Suquí (antes Mamasuel Suquiete), “virgen suelta por el muelle del pueblo”, y quien no obstante morar “en el burdel anclado…” había logrado preservar su himen gracias a los mágicos poderes del “amuleto de Mamualá Clarise…”
   
Suquí amó con pasión a Erick, atraída, no por su nobleza y rasgo de hombre bueno, sino por el blanco de su piel y el rubio de sus cabellos, esto es, “lo amaba porque era blanco y rubio…”. Por eso rezaba a sus dioses para no dejar de sentir en su piel negra el calor de su hombre blanco: “rezaba a Legbá y a Ogún por su hombre blanco/rezaba en la catedral por su hombre rubio…”
   
Erick también amó apasionadamente a la haitiana, pero no quería atarse carnalmente a esta, pues ello implicaría asumir la nueva realidad sociogeográfica con que el destino lo había puesto en contacto y desdecir de su identidad, en un momento en que su pensamiento no había podido apartarse del playero paisaje de su natal Noruega.

“… y tomaba quinina en grandes tragos de tafiá
para sacarse de la carne a la muchacha negra
para ahuyentarla de su cabeza rubia…
para poder pensar en su playa noruega”

Pero Suquiete lo amaba con locura y no podía perderlo. Para preservarlo o “amarrarlo”, “cambió el amuleto de Mamualá Clarise/ por el corazón de una gallina negra”, bebedizo que Erick ingirió un “viernes bajo la luna llena…”, y fue esa la razón por la que “muy pronto los casó el obispo francés”

3. COMIENZA LA HISTORIA

Erick sucumbe ante los embrujos sexuales e irresistibles encantos y “encantamientos” de su negra esposa. Afectado por los estragos de la fiebre y los escalofríos se enferma y un día muere, “su alma sin brújula voló para Noruega/ donde todavía le quedaba el recuerdo”; pero antes, “varado sobre la carne fría y nocturna de Suquí”, ya había plantado la semilla que contribuyó al embarazo de esta y posterior nacimiento de Yelidá. Este acontecimiento, marca el punto de partida de la tercera parte del poema (“Un después”) e introduce al lector en la verdadera historia de Yelidá.

“Y así vino al mundo Yelidá en un vagido de gato tierno”

La niña recién nacida aparece “inerme entre los trapos”, “mientras se soltaba la leche blanca de los senos negros de Suquí”, la cual estaba muy regocijada por el gran regalo que le había dejado su “marido rubio”. Empezó a crecer con lentitud de espiga”, y en la medida que crecía iba mostrando los rasgos característicos de la raza mulata. Se trata de una joven doncella que no es ni negra ni blanca, sino el producto étnico resultado de la síntesis o fusión de estas dos razas: el mulato

“Negra un día sí y un día no
blanca los otros
nombre de vudú y apellido de kaes…”





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