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Las premiaciones en educación

Jesús Polanco

Jesús Polanco

Jesús Polanco | ACTUALIZADO 19.09.2019 - 8:05 pm

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Las premiaciones suelen ser gratificantes, porque tienen como propósito reconocer el desempeño de una entidad, persona o equipo.
   
El Ministerio de Administración Pública ha instituido acogiéndose al Decreto 211-10, el Premio Nacional a la Calidad y Reconocimiento a las Prácticas Promisorias del Sector Público. Por el que pueden optar diferentes instancias del sector oficial. A todas luces es una iniciativa loable, ya que las instituciones u organizaciones del sector público tienen la mala fama de ser ineficientes e ineficaces.
   
La posibilidad de desarrollar un trabajo bajo los parámetros de buenas prácticas debe constituir el norte de todos los organismos estatales sin importar la jerarquía; ya que la razón de ser de los mismos es organizar una gestión capaz de brindar servicios y asistencia de calidad a los usuarios.
   
Además, los reconocimientos son un buen estímulo para gestores, administradores o directores y sus respectivos equipos de trabajo. Pero más que todo, es una oportunidad para la innovación, para prevenir amenazas, detectar debilidades, mejorar procesos y sistematizar las fortalezas de las entidades de que se trate. Más aún, las premiaciones instituidas por el MAP, deben fomentar una cultura del cumplimiento del deber por parte de los servidores públicos, y por ende de las instituciones a las cuales pertenecen.
   
Los códigos de ética en la operatividad del sector público son apremiantes; pues a pesar de la intención del citado Ministerio de incentivar e influir en la calidad de los servicios en los niveles de base y medios del tren administrativo gubernamental; la realidad es que, las malas prácticas y la violación de normas y procedimientos en las más altas esferas de la administración pública por parte de Ministros, Directores Generales y otros altos funcionarios, es muy cuestionable, por las recurrentes denuncias de corrupción, tráfico de influencias e impunidad, que se ha tornado en “vox populi”; enviando ese comportamiento una señal que impacta negativamente no sólo a los servidores públicos de baja gradación, sino que permea todo el tejido social.
   
La más reciente premiación del Ministerio de Administración Pública en la provincia de Santiago en el área educativa, es como se dijo al inicio, una iniciativa digna de emular; pues los seres humanos, además de los deberes que implican sus obligaciones laborales, actúan en función de motivaciones de diferentes naturaleza, que son inherentes a la existencia misma.
   
No obstante, y sin menoscabo de los Centros o Distritos Educativos reconocidos y del personal que forma parte de los mismos; la verdad es que, la calidad demanda un enfoque y una participación integral. No se debe olvidar que apenas tres días después de iniciado el año escolar 2019-2020, se produjo una protesta masiva frente al Ministerio de Educación, denunciando las carencias del sector a nivel nacional, que impiden el desarrollo de las labores escolares con las condiciones mínimas adecuadas para viavilizar un ambiente que propicie un proceso educativo sin mayores inconvenientes.
   
En ese orden, la calidad del sistema educativo en sentido general, es altamente precaria, a juzgar por los resultados de evaluaciones y mediciones revelados por estudios realizados a nivel nacional e internacional; así como por las deficiencias de los egresamos del mismo.
   
No basta que determinados centros o distritos educativos hagan ingentes esfuerzos para el logro de una aproximación a los parámetros de calidad que demanda la educación, ya que la misma forma parte de una dimensión sistémica en la que debe involucrarse el Estado y toda la sociedad. A decir de Freire, la educación se nutre de situaciones de la vida cotidiana. En ese tenor, no hay que ser un sabio para identificar la violencia, la inseguridad, el irrespeto, la inobservancia de las normas de convivencia; los vicios y otros males que predominan en el ambiente dominicano, del que la escuela no puede sustraerse.
   
Dadas las necesidades y retos de la calidad educativa, las premiaciones lucen como limitados e insignificantes parches, o dicho en otras palabras un vano intento de fetichismo o exhibicionismo, que en el lenguaje popular es la pretensión deliberada de hacer bulto, frente a la imposibilidad de mostrar logros tangibles que vayan de la mano con la calidad y la ética en la gestión estatal.
   
Las grandes expectativas de la sociedad dominicana han estado fundamentadas en la educación y lo demuestra la lucha por el 4% del PIB. Sin embargo los problemas educativos siguen a la orden del día. Y los funcionarios del Ministerio de Educación pregonando una pretendida revolución educativa sin asidero real ni científica. Frente a esa insensatez cobra vigencia lo planteado por Chomsky: “Lo que no funciona es lo que se ha degradado o corrompido”. Es lo que al parecer ha venido ocurriendo en el sistema educativo dominicano.


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