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Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto


Ante el féretro de don Alejandro Grullón


  • 04.01.2021 - 02:17 pm

Señoras y señores:

No bien acabo de llegar de asistir a las exequias de Armando Manzanero, uno de los artistas mejicanos más eminentes y fecundos de la composición musical y de la canción romántica, solo comprable con los compositores más inmensos de México, como fueron José Alfredo Jiménez, Agustín Lara, Juan Gabriel y Consuelo Velázquez; así lo hubiese proclamado, sin ninguna duda, otro de los grandes compositores aztecas, Francisco Gabilondo Soler. Yucatán quedó con sus corazones inundados con los sollozos y los lamentos de su pueblo.

En este momento, tan desolador como doloroso, me ha tocado asistir a este funeral de don Alejandro Grullón Espaillat, con el alma apenada, como expresó Alfonsina Storni en uno de sus versos, ante esta tumba donde su cadáver me lo imagino colocado en un sarcófago fabricado con la caoba más hermosa del Plan Sierra, proyecto que él apoyó con vehemencia y enchapado con el oro de la patria cubierto con una capa purpura bordada con el precioso metal, similar al ataúd que cubrió los restos mortales de Alejandro Magno, rey de Macedonia, cuyas conquistas y extraordinarias dotes le permitieron forjar un imperio que se extendía desde Grecia y Egipto hasta la India.

Hoy estamos despidiendo a este hombre extraordinario, cuyos anhelos parecían tan altos e inalcanzables y, sin embargo, logró adueñarse con la fuerza de sus ideales de lo aires que recorren mundos acrisolados de los espacios transcendentes, permitiendo con sus luchas terrenales que la patria en la cual vivimos tenga un nombre en la banca corporativa nacional e internacional que se llama con supremo orgullo: Banco Popular.

La ciudad de Santiago, como la Grecia de Alejandro  Magno, fue la expresión y el moisés que vio nacer al hombre que vemos hoy descender a esta tumba convertido en un cadáver, cuya marmóreo panteón tallado por las manos de hombres agradecidos, tan insensible como aparenta su sepulcro, no deja de ser la tumba gloriosa que recibió al poeta y dramaturgo francés Víctor Hugo, a la cual le escribió Rubén Darío un poema mientras aquella losa se cerraba sobre uno de los poetas más insignes de la literatura. 

El pueblo del nacimiento de don Alejandro Grullón Espaillat, al ver a su hijo sepultado en un pueblo y en unas tierras que no eran las suyas, sintió como debieron haber lamentado hondamente los griegos cuando vieron enterrar a su rey en Alejandría y no en Grecia. En cambio, Santiago, a pesar de sentirse desairada, herido su honor al ver lastimado su engendro, ha erigido un luminoso monumento en su corazón a uno de sus hijos predilectos quien desciende hoy de la vida a la muerte y renacerá, como Lázaro, de la muerte a la vida. 

Ante lo increíble de aquella decisión, la cual debemos respetar amargamente, se me ocurre una frase del apóstol Juan: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así yo os habría dicho “voy a prepararos lugar”».

Su admirable inteligencia hizo florecer sus sueños animados por su innato dinamismo y su tenacidad; favoreció el crecimiento de aquellas ilusiones que luego se multiplicaron en hechos evidentes y provechosos. El hombre que veis examine dentro de ese ataúd semejante al cuerpo de un rey respetado por sus bondades, así identificó Abraham el hebreo a Moisés cuando el faraón estaba en el sarcófago. Don Alejandro Grullón fue uno, quizá el único mecenas que verdaderamente tuvo. el país y ejerció su padrinazgo ocultamente, sin decírselo a nadie, solo su consciencia y Dios lo sabían. 

Con frecuencia los mecenas que veis en este país no son tales. Se visten como padrinos, hablan como mecenas, pero no son ni por asomo aquel noble romano consejero de Cesar Augusto, de nombre Cayo Clinio Mecenas que impulso las artes, descubriendo y protegiendo a jóvenes talentos dominicanos.

El reformador social, escritor estadista y abolicionista estadounidense Frederick Douglas dijo una frase que don Alejandro Grullón posiblemente habrá acuñado camino a sus grandes éxitos: «Sin lucha no hay progreso».

Sus ideas y sus afanes no fueron en vano, ellos le dieron brillo y configuraron los caminos del desarrollo socioeconómico del país a través del emprendurismo, demostrando con su trabajo que los proyectos bien fundamentados pueden ofrecer rentabilidad. 

Traigo a este momento tan solemne y tan triste una frase del economista checo Joseph Schumpeter: «En la naturaleza de las innovaciones está implícito el vértigo de emprender grandes cambios para poder dar grandes saltos». Y agregó: «El mejor camino para que una nación se proyecte mejor en el futuro es que definitivamente asuma que solo innovando podrá alcanzar a los países más prósperos».

Don Alejandro pudo haber leído y comprendió en sus mejores días de vida al filósofo español José Ortega y Gasset, autor del libro «Yo soy yo y mi circunstancia», sobre todo cuando dijo: «En tanto que haya alguien que crea en una idea la idea vive». 

Este hombre de Santiago y del país no se llevó sus ideas con él a la tumba, su lucha por un país innovador y progresista dejó muchos hombres y mujeres audaces que continuaran su legado. Su laborantismo social siempre fue perseverante, siempre positivo. 

Son tantos los nombres que sembraron junto con él los surcos esperanzadores del progreso que prefiero quedarme con Manuel Alejandro Grullón Viñas, su hijo, puesto a que este se convirtió en su abanderado más eficaz al frente de Banco Popular, siguiendo la huella indeleble de su progenitor, tanto por sus hazañas como hombre de empresa como por su marcada personalidad.

Mis palabras ante su lápida consagrada con los restos mortales de un caballero que bajó hoy a morar donde pone el Señor la planta de sus pies ahí habitará desde ahora don Alejandro Grullón Espaillat. Recordémoslo cuando expresó, con las mismas palabras que pronunció Alejandro, el vencedor de ejércitos: «Para mí he dejado lo mejor: la esperanza».

Hay un poema de Mary Frye con el cual deseo honrar a don Alejandro Grullón, cuyo mensaje enviado desde el frío de su tumba sería como si este finado ilustre quisiera decirnos: «No te quedes junto a mi tumba y llores porque no estoy allí. No duermo. Soy mil vientos que soplan, soy el diamante que brilla en la nieve».


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