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Hna. Verónica De Sousa

Hna. Verónica De Sousa


De política y ética


  • 22.07.2019 - 05:49 pm

Una vez, un periodista preguntó a Jorge Luis Borges: “¿Cree que los jóvenes deben interesarse por la política?”. El escritor respondió: “Yo no sé. A mí no me interesó nunca la política. Me interesa más la ética. Creo que si cada uno actúa éticamente eso puede tener un efecto político muy grande”.
   
Borges, con la agudeza que le era característica, dio justo en el clavo. Porque ética y política están íntimamente unidas, dado que ambas, al menos en su sentido filosófico, persiguen el mismo fin: el bien. Dicho sea de paso: Aristóteles consideraba la política como el arte del bien común.
   
Pero, al estudiar cómo surgen los Estados latinoamericanos, nos damos cuenta que, desde los inicios, nuestros países estuvieron sacudidos por luchas intestinas marcadas por la barbarie. Detrás del ideal de libertad se escondían motivaciones lejanas al bien común. Muchas de nuestras naciones forjaron sistemas jurídicos con hermosos principios. Pero “el Estado de Derecho” era un mundo ideal vulnerado en la práctica. Lo real eran los conflictos de poder, las agendas “ocultas”, la astucia del poder económico para controlar el poder político… La corrupción, como una bacteria, se alojó en nuestras jóvenes naciones.
   
Esto es significativo a la hora de construir nuestros sistemas democráticos. Porque la democracia no es solo un sistema político: es, sobre todo, un sistema de valores, lo que establece sus conexiones tanto con la política como con la ética. Y, desde sus inicios, la institucionalidad democrática ha sido débil. Pareciera que, como ciudadanos, en general, tampoco tenemos claro eso del “bien común” y pensamos que “lo que a mí me conviene es bueno para todos”. Por eso es fácil engañarnos. La democracia se ha convertido en un instrumento para facilitar el ejercicio del poder. Y ante las prebendas que ofrecen los que aspiran a cargos de elección popular, muchos, ilusionados con tener ellos también una cuota, aunque sea pequeña, de poder (económico, en los “regalos” y “beneficios”; político, en los “puestos”), sin madurez para discernir el bien de todos, ceden, eligen, apoyan. Pensando en su bienestar, no en el de todos.
   
En muchas de nuestras naciones, las leyes sirven para dar cierta apariencia a las decisiones y acciones de facto. Lo vemos a cada rato en las noticias. ¡Cuántos fundamentan su legitimidad política en interpretaciones amañadas de las leyes!        

¡Cuántas reformas constitucionales hemos visto en los últimos 20 años en el continente, para seguir tutelando a una nación entera! Personas que, en el ejercicio de la política, evitan la alternancia por creerse el único salvador, la única esperanza. La única ética que parece motivarlos es la de la palabra vacía, que “roba” a la democracia su sentido más profundo. La de un pueblo que decide su futuro.
   
Pensemos seriamente en lo que se propone para nuestro país en estos días. Consideremos el “bien común” y seamos capaces de discernirlo. El papa Francisco advierte que “no hay democracia con hambre, ni desarrollo con pobreza, ni justicia en la inequidad”. Somos una nación joven, con gente creativa, gente solidaria y de bien, con formación y criterio, que merecen una oportunidad.


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