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Redacción

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Democracia en EE.UU


  • 10.11.2020 - 12:00 am

EE.UU ha vendido la idea de que su democracia constituye el mejor ejemplo de vida política nacional, que deben seguir los demás pueblos del mundo, como un ideal a perseguir.

Se reconoce que la democracia en el gran país del Norte ha logrado una mayor vigencia de los principios democráticos de la se­paración de los poderes, con un Poder Ejecutivo limitado a las observaciones y supervisión del Congreso, y con una fuerte institucionalidad judicial que garantiza la seguridad ciudadana. 

De igual modo el sistema de partido, fundamentado en el bipartidismo entre demócratas y republicanos, ha hecho viable el principio de la alternancia en el poder, al tiempo que las normas legales impiden en buena medida los conflictos de intereses y el tráfico de influencia, de tal manera que se garanticen la libre competencia, la transparencia y se controlen las tendencias a la co­rrupción y sobre todo al mono­polio, desviaciones propias del régimen económico capitalista.

Asimismo el desarrollo democrático de los EE.UU garantiza la libertad ciudadana con gran énfasis en la libertad de tránsito y de prensa; de igual forma garantiza la igualdad de los ciudadanos en cuanto a sus derechos fundamentales consagrados por su Constitución.

La fortaleza de esa institucionalidad democrática, sin embargo, ha sido sacudida por la personalidad autoritaria y “engreída” de un empresario puro, que como Donald Trump se montó en la ola de la derechización global que ha traído consigo el neolibe­ralismo, ofreciéndole  a los ame­ricanos conducir a los EE.UU a su grandeza histórica, y volver a su estado de prosperidad y bie­nestar social y económico, y que otros ciudadanos del mundo han asumido como ideales a lograr.

Esa grandeza y prosperidad ofertadas por el magnate empresario, las intentó materializar si­guiendo la doctrina económica neoliberal, bajando los impuestos a los ricos, para atraer el retorno de los capitales americanos colocados fuera del país, con lo cual retornarían los empleos de calidad y se elevarían las condiciones de vida de los norteamericanos.

Esa doctrina ha alimentado una mentalidad nacionalista y una política proteccionista, que contrasta con la globalización, y que se han traducido, a su vez, en una actitud presidencial contra los inmigrantes y contra otras etnias consideradas inferiores, exacerbando el “racismo” y la “discriminación”, al tiempo de acentuar la división interna y la confrontación permanente hacia lo interno y también hacia lo exterior.

Ese clima de tensión y conflictividad, fruto de la arrogancia personal de Trump, pero más que eso, por el hecho de haber llegado a la presidencia de ese gran país un empresario puro, como parte de la confusión neoliberal que ha fundido el rol de empresario y el rol de político, dando lugar a un clima de inseguridad e incertidumbre que se manifestó en la recién pasadas elecciones y que amenaza la fuerte institucionalidad de la democracia americana.   

Por esas razones los ciudadanos del mundo han seguido con atención la derrota electoral del magnate norteamericano y han saludado la vuelta al poder de un político profesional que sabrá poner las cosas en su lugar.  

¡Qué los EE.UU superen la inseguridad y la amenaza a su democracia!


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