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Redacción

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El fantasma del poder


  • 17.09.2020 - 12:00 am

La historia política dominicana ha sembrado en el quehacer de la política crio­lla la idea paradigmática de que el poder es una fuerza absoluta y personal que le permite al que la posea, aplicarla para aplastar a sus contrincantes u opositores de forma autoritaria y arbitraria, sin importar la violación a consideraciones racionales, legales, éticas y humanísticas.

Se trata de una concepción del poder que justifica la desviación del “maquiavelismo”, el fin justifica los medios, tal como lo ha materializado en nuestro país el modelo de “dominación personal’ y que ha encarnado en nuestro país la figura del caudillo o dictador, que ha sido el esquema más recurrente de ejercicio del poder en cualquiera de las esferas sociales, políticas y económicas. El caudillismo autoritario y arbitrario, contrario a toda conceptualización del estado y su fundamento racional-legal, ha sido el formato al que recurren todos aquellos que llegan a tener la oportunidad de un cargo de poder.    

Bajo esa concepción el Estado y el poder que se ejerce a través de sus órganos o poderes, los caudillos y dictadores que nos han gobernado no solo disponen de un psiquismo comprometido con la idea de aplastar a los demás, sino que al mismo tiempo se adueñan de las instituciones y sus recursos, disponiendo de ellas de forma personal a conveniencia de su dominio, repartiendo los recursos y bienes públicos entre sus seguidores y relacionados para obtener de ellos el apoyo que eleve su legitimidad y su permanencia en el poder.  

Esa concepción del poder es el fantasma del cual aspira quitarse de encima el nuevo Presidente Luis Abinader, quien se ha comprometido con un ejercicio del poder dentro del marco de una concepción clásica y actualizada de la democracia. Por eso en sus declaraciones insiste en que en su gobierno se respetará el estado de derecho fundamentado en el respeto a las leyes y la Constitución.

Ese es su propósito y su concepto democrático del poder, el cual entonces se ha de enmarcar en el modelo de liderazgo racional-legal, del cual Max Weber, sociólogo alemán, nos habló como la forma de autoridad propia de las naciones que alcanzaron la condición del desarrollo y de la democracia moderna, fundamentada en la legitimidad que emana de la voluntad del pueblo y que se expresa en elecciones limpias, transparentes y de acuerdo a la Ley.

Ese ideal del Presidente Abinader le impone mantener la guardia en alto frente a las amenazas que surjan dentro y fuera de su organización partidaria, amenazas que expresan y provienen de la vieja concepción del modelo de la dominación personal, la cual suplanta la vigencia de la Ley por la mentalidad caudillista de la dominación personal.

Esas amenazas se han evidenciado en los argumentos personalistas no institucionalistas, con motivo del nombramiento a conveniencia personal de un colaborador en una de las instituciones públicas. Y más claro y crudo quedó de manifiesto en el discurso de un diputado-hermano del Ministro de Educación, defendiendo la decisión que aplicara éste al destituir a los directores regionales y distritales: “Quien ganó fue él y tiene que llevar a los suyos”.

¡Luchar contra esa tradición antidemocrática y ser eficiente, es el gran desafío de Luis!


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