Comentarios Recientes

0
Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto


Haití: Psicología de un pueblo atrapado


  • 28.09.2020 - 12:00 am

La diferencia entre un esclavo y un ciudadano es que el ciudadano puede preguntarse por su vida y cambiarla. (Alejandro Gándara) 

Al médico Pedro Mendoza: sus trabajos literarios me fascinan, al abogado Ramón Antonio Vera (Negro) con aprecio...recuerdo su lucha por la liberación del pueblo haitiano que sufre...después de todo, fue justa. A los periodistas haitianos de Le Nauvellete: esta es mi historia sobre su pueblo que sufre. Lo siento...hasta luego.

El ciudadano negro en la sociedad haitiana durante más de doscientos años y quizás un poco más atrás, arrastra un estado depresivo caracterizado por un bajo estado de ánimo, a esto le sigue un marcado sentimiento de tristeza, vinculada con perturbaciones de conducta que afecta su actuación y su dinamismo.  Esta condición (la depresión del pueblo haitiano) está asociada con un pasado histórico de esclavitud, de explotación y de discriminación acumulada que fue creando en la sociedad haitiana un hombre atomizado con varias generaciones de resentimiento social.

El hombre y la mujer negra haitiana de la posmodernidad es una persona emocionalmente atrapada en su propia angustia o calamidad, que no ha podido liberarse de su pobreza ancestral ni de los patrones graves de sumisión, de subordinación y de obediencia a otra persona u grupo (mulatos haitianos afrancesados y blancos extranjeros); su carga afectiva se ha deteriorado sustancialmente por una psicosis que ha alterado su personalidad. 

Se ha vuelto un ser humano desconfiado, huraño, un tanto escéptico e insociable. No obstante, de tener prisionero dentro sí un ser humano afectivo, pero le cuesta mucho trabajo dejarlo salir.

El impacto positivo que debió haber dejado en esta clase de hombre y de mujer la revolución de 1791-1804 liderada por el político y militar François Dominique Toussaint-Louverture, cuya insurrección concluyó con la abolición de la esclavitud en la colonia francesa de Saint-Domínguez y la declaración el 1º de enero de 1804, de la primera monarquía en las Antillas, no lo liberó totalmente de sus problemas ancestrales. 

  Cientos de años después, el hecho anterior dejó en el pensamiento del hombre negro haitiano un ser humano supuestamente emancipado, una realidad que contrasta sustantivamente con la verdad. Creo que esta situación, histórica y psicológicamente, ha ido afirmando en la sociedad haitiana un ser humano frustrado, cuya vida se debate entre grandes descontentos generalizados y recuerdos de victorias políticas, humanas y sociales.

  Cuando el hombre haitiano de hoy se mira en el espejo de sus antiguas glorias militares en los campos de batallas contra el ejército imperial más poderoso de la Francia napoleónica (1804-1815), lo que se revela en él es un hombre social y económicamente fracasado, carente de una libertad legítima que no tiene, mientras pasa por un estado de sumisión y de esclavitud que creía haber resuelto con la revolución de 1791. 

   Dijo Malcoln X, el líder negro más recordado en los Estados Unidos: «No puedes separar la paz de la libertad, porque nadie puede estar en paz, a no ser que tenga su libertad «. El pueblo haitiano no tiene ninguna de estas dos cosas de la cual habló el líder negro de los Derechos Civiles.

Ustedes podrían imaginarse lo que significa para este hombre en pleno siglo XXI sentir que la lucha emancipadora de sus antepasados, aquellas campañas redentoras y bravías que debieron producir un ser humano crecido sobre su vanidad, lo que real y efectivamente aparece ante la sociedad haitiana es un individuo empobrecido y moralmente disminuido ante los ojos del mundo.

Esa ha debido ser, y tengo la impresión que sí lo es, una carga emocionar demasiado pesada para una criatura poder soportar casi trescientos años después una revolución históricamente triunfadora. Aun así, dentro de la sociedad haitiana no se ha producido desde el hondón de sus ansias reprimidas un volcán de pasiones revolucionarias que cambien ese estado de desilusión.

Pienso que la revuelta que vimos recientemente en Haití y de la cual escribí un trabajo anterior, debe calificarse como una señal positiva un tanto tardía contra sus opresores mulatos afrancesados y blancos extranjeros explotadores, no puede ser vista desde afuera o desde adentro del sistema que lo esclaviza, como si esa rebelión fuera un acto de desobediencia civil o de desacato de las normas a las que está obligado cumplir todo hombre que viva en una sociedad civilizada.

Solamente consideren mis lectores alrededor de este escenario o experiencia lo siguiente: por ejemplo, cuando un hombre negro haitiano, pobre y analfabeta se acerca a la verja de uno de esos mulatos propietarios de grandes plantaciones o de empresas, que vive en el enriquecido sector de Petion-Ville y es visto buscando trabajo, el hacendado le sueltas sus perros, lo que indica una acción de discriminación y una muestra de supremacía social, cuántos voltios de odio podrían pasar por la mente del aquel hombre negro rechazado por su propia clase.

La sociedad haitiana está llena de resentimientos, de desencantos existenciales, de malquerencias contra una parte de los habitantes de esa isla a quienes la corrupción de estado, la política, los privilegios, la prepotencia de los jefes militares, quienes históricamente han gozado de grandes exenciones en perjuicio de la mayoría negra sobre la cual se mantiene un nivel de desprecio que raya en lo eminentemente inmoral.

Este cuadro de marginalización social no lo podría pintar un artista mulato, ni un blanco extranjero ni mucho menos un militar haitiano, lo escribo yo como intelectual estadounidense que observa desde afuera de aquella isla arruinada y saqueada por unos intereses indiferentes al progreso que debe tocar los bolsillos y el derecho que tienen a desarrollarse todas las clases que integran la sociedad haitiana.

Esa carga enorme de frustración social y psicológica que se ha acumulado en la isla, unida a la incapacidad de la mayoría del pueblo haitiano de no poder salir de la miseria, un pueblo además que vive atrapado en pleno siglo XXI detrás de los barrotes imaginarios o reales construidos por una verdad de la cual no puede escapar el ciudadano común, mucho menos el haitiano pobre de la raza negra. 

A esta última realidad el sistema social, político y económico imperante en Haití no le permite aspirar ni siquiera a conseguir una beca para su hijo poder estudiar en una universidad en Francia o Canadá y mejorar así sus condiciones de vida y de trabajo de toda la familia. Me adelanto en pronosticar que, en Haití, más temprano que tarde, tendrá que retomarse el camino hacia una transformación democrática que rompa definitivamente con los contrasentidos sociales y económicos que tienen a ese pueblo sumido en una pobreza terrible e inhumana. 

Los haitianos deben trabajar con determinación la idea de una verdadera liberación, por lo siguiente: «El hombre está verdaderamente vivo cuando toma conciencia de sí mismo como dueño de su propio destino para la vida o para la muerte, percatándose del hecho de que su realización final o su destrucción dependen de su libre albedrío, y al darse cuenta de su capacidad para decidir por sí mismo. Éste es el comienzo de la vida verdadera «, de lo contrario, ese pueblo permanecerá hundido en la pobreza y viviendo como los pueblos trashumantes que sobre viven en continuo movimiento.

Cuando terminé de escribir este artículo salí al balcón...si, como usted ya sabes, el mismo balcón de otra historia; observé el vuelo de un pájaro negro con sus alas muy grandes abrirse paso en medio de la noche tenebrosa. Era el cuervo de la mala suerte o más bien de la ingratitud. Entonces pensé en aquel refrán español; de pronto he olvidado el aforismo...perdonen el gazapo.


Comentarios

Name of User
Sé el primero en comentar

Ir arriba