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Felipe de Js. Colón

Felipe de Js. Colón


La curiosidad, primer grado de soberbia


  • 30.10.2020 - 12:00 am

San Bernardo, nació en Borgoña, Francia, en el año 1090, fue un monje cisterciense, de la abadía de Claraval. Falleció con olor a santidad el 20 de agosto de 1153, canonizado veintiún años después, por el papa Alejandro III,  el 18 de junio del año 1174. Es declarado Doctor de la iglesia en el año 1830, por el papa Pio VIII.

San Bernardo, nos ha dejado un gran legado espiritual, cuando por inspiración del Espíritu Santo, escribe los 12 grados de soberbia que acechan el alma, y los 12 grados de humildad para combatirlos. Quien se deja arrastrar por la soberbia se hace engreído, y se aleja con su comportamiento de la presencia del Señor, pero quien cultiva los grados de humildad, alcanza la admiración de todos, vive con una paz y serenidad que lo acercan al manantial de agua pura que brota de los ríos de Dios.

La curiosidad, es uno de los doce grados de soberbia. Este tipo de persona no hace más que mirar a todas partes con la cabeza siempre alzada, aplicando los oídos a cualquier rumor.

La incipiente alma enferma de curiosidad, necesita alimentar su mente curiosa prestando atención a todo lo que se dice. Su ansiedad de buscar información a como dé lugar, hace que se olvide de su interior, que al descuidarlo empobrece su relación consigo mismo y con Dios. Una vez su alma ha enfermado, sus relaciones humanas no son sanas, pues el otro será importante en cuanto le brinde información de primera mano, no importa que no sean temas  de su incumbencia, el asunto es,  estar enterado de todo.

Si trabaja en una empresa, se notará su baja productividad debido a que  concentra su tiempo en saber lo que se “mueve” con relación a sus compañeros de labores,  y de enterarse de las nuevas políticas de la empresa.

En el vecindario, se las pasa visitando a los vecinos, o llamando por teléfono para que le cuenten. Ahora con el  boom de las redes sociales, se le verá chateando, murmurando a todo el que se le pase por la mente.

El libro de los proverbios, nos viene a decir: “El hombre perverso y malvado, guiña el ojo, mueve los pies y señala con el dedo” (6,12-13) Olvida el curioso que  cuando señala con un dedo, tres señalan a su cuerpo. La dejadez de vida interior, se va entorpeciendo para cuidar de sí misma. Su alma se vuelve curiosa en los asuntos de los demás, escasamente se preocupa de conocer su yo interior. Le hará bien que escuche el buen consejo que dice así: “Por encima de todo guarda tu corazón” (Prov. 4,23). Que es lo mismo decir, evita que tu corazón se carcoma de todo aquello que pueda hacerle daño moral y espiritual. Los ojos y las orejas son la ventana por donde entra la muerte del alma.

Quien danza la música de la curiosidad, sale de la órbita de la verdad. Primero se mira con curiosidad asombrosa, lo que después se desea ilícitamente, y se ansía con presunción desmedida. 

El demonio aprovecha para introducirse a hurtadillas en el corazón del curioso. Te ofrece lo prohibido, y te arrebatas lo que con tanto esfuerzo has edificado. Te da la manzana, y te roba el paraíso, herencia de Dios.

“Todo  te está permitido, pero no todo te aprovecha” (1 Cor. 16,12). Si tu alma se eleva a los cielos en la oración y meditación, te llenarás del amor y la paz de Dios, y la curiosidad no encontrará momentos ociosos. La curiosidad reivindica para sí el primer grado de soberbia que, según el parecer de la mayoría,  es fuente de todo pecado.

El autor es, Juez del Tribunal Eclesiástico


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