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Rafael Baldayac

Rafael Baldayac


Montecristeños pioneros en la literatura


  • 24.07.2019 - 06:38 pm

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4.- CHERY JIMÉNEZ RIVERA, poeta nacido en Montecristi en 1917,  fue el primer dominicano que asumió una relación lingüística de gran impacto cultural entre dos lenguas en contacto, al escribir  ‘La haitianita divariosa’, un poema en rayano, mezcla de Creole y español, que forma parte de una antología, uno de los mejores poemas en la historia de la literatura dominicana.  
   
El famoso poema trata sobre una mujer de origen haitiano que esperaba a su pareja, un marinero dominicano, a que llegara del mar, pero una fuerte tormenta  azotó la costa, y no sabía si lo volvería a ver.  La muchacha no resistió el choque y en lo adelante, cuentan los versos, erró por los caminos de Montecristi con una expresión de locura de dolor más allá de las lágrimas y de las palabras.
   
Chery,  hijo de diplomáticos dominicanos con misión en Puerto Principe, Haiti,  murió en Santiago en el 1980. En su honor fue creado el grupo “Chery Jiménez Rivera”, del Ateneo insular en esta ciudad, asociado al movimiento interiorista en Montecristi.

5.- MANUEL RUEDA, un poeta montecristeño universal, que nació en este pueblo el 27 de agosto de 1921. Es uno de los intelectuales dominicanos más completos del siglo XX. Tiene la honra de haber sido el  creador del Movimiento Poetico Pluralista en el 1974 con sus textos Claves para una poesía plural y Con el Tambor de las Islas.
    
Esa forma pluralista consistía en introducir, a partir de un conjunto de recursos técnicos, el  pentagrama musical, colores, variedades tipográficas, escritura simultánea, grafismo y otros elementos en la poesía.
   
Tuvo a su cargo el primer curso de Pedagogía Musical y la organización de la Educación Musical Escolar. Recopiló canciones del folklore dominicano que ejecutó en conciertos y recitales de piano. Junto al Obispado de Santiago de los Caballeros compuso el “Cancionero litúrgico dominicano”.
   
Rueda es el primer poeta dominicano que ausculta la esencia de un hogar, de una familia, con el impacto que genera la tradición familiar en la conciencia espiritual de un niño,  con su hermosísimo poemario, ‘la criatura terrestre’”.  El se nutrió en los primeros años de su infancia “de la cultura viva de Montecristi, del aliento telúrico emocional y espiritual que una comunidad imprime en la sensibilidad y en la conciencia de una persona”.

Su figura no se limita solo como poeta, también fue pianista, ensayista y dramaturgo, sobresale en el campo de la educación musical y se ocupa de la recopilación y difusión de nuestro folklore. Estudió música en Santiago de Chile, donde vivió por 14 años.
   
En Chile obtuvo (1945) el premio “Orrego Carballo”, que otorga el Conservatorio Nacional al mejor pianista de la promoción, compartió con figuras claves de la poesía latinoamericana del momento (entre ellos Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Gabriela Mistral) y la revista Atenea, de la Universidad de Concepción, publicó sus primeros poemas, en 1949.
   
En la República Dominicana ingresó como docente al Conservatorio Nacional de Música y fue su director por veinte años. Dirigió el Instituto de Investigaciones Folklóricas de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña.  Murió el 20 de diciembre de 1999 en Santo Domingo. La XVIII Feria Internacional 2015, fue dedicada en su honor.

Los emblemas de Monte Cristi –el Morro, el reloj público−, algunos de sus personajes y autores conocidos, así como su legendaria historia adquiren nuevos acentos los soneto de  Manuel, que intentaba redimir del naufragio a su pueblo natal, como si aún retumbara en las calles la amenaza que en 1927 profiriese Trujillo al salir de allí, del brazo de su flamante esposa, según fabuló el escritor en Bienvenida y la noche: “Me llevo la más bella flor de Monte Cristi. Este pueblo no se la merece. Juro que sabré vengarme de todas las afrentas que me han hecho”.

En este referido soneto, Manuel, sin soslayar el vía crucis montecristeño, mira con optimismo hacia el porvenir:

“Morro en el canto, de Avelino y mío, / de Evelina, de Chery, de Ramón, / hecho con lumbre y hecho con rocío, / Rostro del Cristo de la Redención. // Mares que dieron el escalofrío / en la mente de Alonso de Pinzón, / a las mismas gaviotas te confío / que ayer fueron concordia y hoy canción. // Tu torre de las horas está muda / pero el tiempo al pasar brilla y la escuda / eslabonando ayeres y mañanas. // Hasta que caiga de lo alto, vivo, / en un sonar de gloria ya cautivo / todo el amanecer de sus campanas”.
Durante toda su trayectoria literaria, Manuel no hizo sino ahondar cada vez más en su visión de Monte Cristi, sacando del surtidor de su visión de Monte Cristi, sacando del surtidor de su memoria emocional una serie de imágenes que nunca lo abandonaron…

Continuara….


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