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Luciano Filpo

Luciano Filpo


Pandemia e Identidad


  • 05.03.2021 - 12:00 am

Desde el destape de la pandemia global el año pasado, se puso de manifiesto con gran intensidad la vocación individualista acumuladora y consumista del ser humano. En el plano de la antropología evolutiva se plantea que el ser humano es gregario por necesidad, por la vulnerabilidad en que nace y se desarrolla, pero que cuando acumula poder, cree posible prescindir del resto de la especie.

Es una gran paradoja, acumular fuerza y pretender prescindir de los demás, así como recurrir a las relaciones sociales cercanas como herramientas de sobrevivencia, de superación. El fenómeno sanitario ha puesto sobre el tapete las diferencias entre ricos y pobres, entre países desarrollados y subdesarrollados en el acceso al agua, alimentos, la vacuna y otros medicamentos y servicios. Durante los primeros meses de pandemia los grupos de clase media y de clase alta procuran transportar las catedrales del consumo a sus casas, no pensaron en la distribución equitativa de los bienes y servicios disponibles en los mercados.

El paso del fenómeno fue amortiguando la carga, ahora la expresión monopólica viene con la vacuna. Los países ricos han cuasi arrodillado a las grandes farmacéuticas a sus pedidos, las necesidades del tercer mundo quedan supeditadas a que las naciones del primer mundo sacien su necesidad de vacunarse y corrijan la incertidumbre generada por la letalidad del fenómeno sanitario.

La OMS y el papado, así como grupos filantrópicos han advertido lo pernicioso que puede resultar acaparar la vacuna, así como la incapacidad de los países australes o del sur para acceder a una compra de las vacunas que produce el mercado. Se ha impuesto la diplomacia de la vacuna. Las naciones que se disputan la geopolítica global también han creado sus espacios vitales o áreas de influencia en la producción de la inmunización al covid-19. Donde se habla de más libertad, se han colocado más trabas en la distribución de las vacunas, Estados Unidos y la Unión Europea, han restringido controles al acceso a los fármacos, en un primer momento se pretendía no vacunar al inmigrante, esa tendencia ha cambiado.

Mientras algunos han asumido una actitud fúnebre y de mal presagio ante la crisis sanitaria otros han visto una oportunidad de crear, innovar, producir, ponerle color, identidad a sus preocupaciones. El ser dominicano es a prueba de golpe, desafía los parámetros de la normalidad, se articula y rehace día a día, frente a las adversidades y dificultades propias del subdesarrollo, del escaso nivel de escolaridad, así como el esnobismo de preferir lo nuevo, aunque sea desconocido. La identidad cultural expresa la internalización de unos valores, unas tradiciones y costumbres. La sociedad dominicana vive ante la ambivalencia de una identidad imaginada frente a una identidad real.

La construcción imaginada de la identidad nos presenta como una comunidad de ascendencia aria, europea, no aparece lo originario y afroamericano en la construcción de la identidad nacional. Se pretende una formación social con los hábitos y valores de los aristócratas que señalaba Platón en su clasificación del hombre y las formas de gobierno; mientras lo real anda por los intersticios de la marginalidad y la pobreza. Jóvenes sin oportunidades de educación y de trabajos dignos responden creando géneros urbanos y de calles que son interlocución o mediación de la realidad existencial que viven y padecen esos guetos sociales. La vida no tiene nombre como sostiene Marcio Veloz Magiolo, la Chabola, la villa miseria expresan los avatares, marginalidad y exclusión en que vive mucha gente.

Estos entornos generan violencia, discriminación, confusión, desinterés, indiferencia, adicción o alienación en el sentido más diverso. Articular la identidad es un proceso de vivencia continua, en medio del desaliento los marginados producen identidad a través de la música, el baile, el ritmo afrocaribeño. La articulación de muchas raíces culturales nos hace diverso, pero también incomprendidos por algunos. Desde la perspectiva del pesimismo el pueblo dominicano ha recurrido de forma frecuente a la mano foránea para mantener en vilo la existencia. Moscoso Puello, en sus cartas a Evelina establece diferentes hándicap o falencias que dificultan la vida y el progreso dominicano: el generalato, el complejo heroico, la vida frugal y contemplativa.

Manuel del Cabral en su “Compadre Mon” expresa una frase donde se pone de manifiesto el trajinar y el papel creativo del ser humano “tanto he pisado esta tierra, que es la tierra la que anda ya “. Peña Battle sostenía que este pueblo es insólito, así está ocurriendo, más del 40% de la población expresaba que no se vacunaría, que la vacuna mata, pero ingieren bebidas fabricadas en patios y sin seguridad, recurren a un brujo y se beben un brebaje artesanal.

La identidad cultural del dominicano es difusa, atado a sus raíces, según encuestas más del 60% de los dominicanos expresan querer irse del país, pero desde el exterior mantienen sus raíces, envían remesas, se ufanan de ser dominicanos, son ciudadanos modelos en el exterior, pero retoman con frustraciones y con ansias de hacerse sentir en el entorno local. La pandemia ha desestabilizado el estado emocional del dominicano, el mismo se refugia con más ahincó en estereotipos y modelos que parecen un salto a la transculturación y la perdida de la memoria social.

El autor es Dr. en Educación. 


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