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Fausto García

Fausto García


Papá, jugué, pero no jugué


  • 16.03.2020 - 12:00 am

La vida y sus cosas son de forma y de fondo.  Lamentablemente, hay quienes pierden el fondo, por estar guardando “las formas”. (Fausto García) 

En estos días, los comentaristas de radio, televisión, periodistas y comentaristas en sentido general, pensadores, escritores, poetas, filósofos, etc., tenemos materia prima suficiente para pasarnos los días que nos quedan en este planeta pensando, hablando, opinando o escribiendo sobre los diversos tópicos que dominan la situación actual del mundo, a raíz de un bicho raro que ha puesto el mundo al revés, y cuyo nombre, todos sabemos cuál es. 

De ahí que no obstante tal realidad, hay que convertirse en un fino alfarero para que con todo el barro que se nos ha puesto en las manos empezar a hacer y poder terminar una vasija agradable a nuestro gusto y al de muchos más.   Vale decir que hay que discriminar entre tantos temas e informaciones para elegir el que más nos acomode, y sobre todo, que este orientado a construir y no a destruir, y además, a aprender o convencernos cada vez más, de que, como decimos el miércoles de cenizas en culto católico “Del polvo venimos y al polvo volveremos”, y como para que el viaje se haga placentero, nos vamos como venimos, es decir, sin nada, si acaso con las buenas obras. 

Es por lo anterior, que, sobresaltando tantas realidades latentes, me permito en este día, rendir honor a mi padre Cecilio García (Chilo) (21-11-30; 15-3-2010), quien el 15 de los corrientes cumple 10 años de haber dejado este hogar común luego de haber cumplido con una de las tantas misiones a que venimos a el: nacer, crecer, reproducirse y morir.  Cumplido su ciclo y al hacerlo, lo hizo de la mayor y mejor manera, como hombre de bien, dado y entregado a su familia, a sus vecinos, amigos, y a los humildes hambrientos y harapientos, por quienes siempre se preocupó, al extremo, de que antes de que se le sirviera su comida y sentarse a la mesa a comer, había que sacarle la del carretillero o vendedor ambulante que andaba por la calle donde vivía para ponerlo a comer primero.  A veces mamá le decía, Chilo pero ven a comer primero y después tu se la lleva.  Él le decía, ¡mira muchacha…!  ¡Vaya muchacha con más de 70 abriles en esos tiempos!

Además de haber aprendido por práctica, pues su teoría siempre ignoró, el mensaje de Jesús en Mateo 25, 34-36, fue un hombre bañado por la moral y la fe cristiana, y por tanto, la vivió y enseñó a su familia, a tal punto que la marcó de manera tal, que en el caso de sus cinco hijos, la llevamos clavada en lo más profundo de nuestros sentidos o corazones, a tal nivel, que aunque queramos, no podemos obrar de otra forma que no sea la que él nos enseñó. 

Un ejemplo de esto que digo es lo que relato a continuación.  Justamente este febrero hizo un año que me ausenté del país por varios días, y aunque me mantuve activo haciendo mis ejercicios, al regresar, dado el cumulo de los asuntos que nos esperan impacientes al llegar, duré casi una semana sin ejercitarme, cosa que ya me tenía incómodo, pues en mi caso es un hábito.  En tal sentido, la mañana del tercer domingo de marzo del 2019 no me pude contener y me levanté, como de costumbre temprano, y ya a las siete estaba en una de las canchas de basquetbol cercanas a mi sector.  Al llegar, no había nadie, pero si me esperaba un letrero al entrar con el horario muy claro: De 8:00 a. m. a 9:00 p.m.

Este aviso me hizo poner en un gran debate o dilema con mi conciencia, pues si por algo estudié derecho (leyes) es porque me encanta el orden y el respeto a la ley.  El desorden trastorna mis sentidos y las violaciones a la ley, trastornan mi conciencia.  Dada la sed o ansias que tenía mi cuerpo por ejercitarse (algo parecido al perro jadeante frente a la comida casi alcanzable), opté por jugar y hacerlo medio al paso, pero no hay manera de picar una bola y evitar que no suene a esa hora de la mañana de un día de fiesta y en una cancha rodeada de edificios de apartamentos. 

De vez en cuando me martillaba el letrero del horario y atolondraba mi conciencia, otras, lo olvidaba y repiqueteaba la bola cual perro enjaulado cuando se le abre la puerta y sale despavorido a correr y saltar.  El tiempo transcurría y una y otra idea iba y venía, jugaba, pero no jugaba, pues el horario había nublado la esfera de mi reloj mental, y para colmo, mi mente alucinaba a tal extremo que veía llegar a menudo uno de los tantos vecinos que allí hay para reclamarme por la violación matutina al orden allí establecido.  Esto ocurrió una y otra vez, y al efecto, como si hubiese sido la crónica de una muerte (llegada) anunciada, llegó un señor, y que señor, -no podía ser otro- el presidente de la junta de vecinos a enrostrarme lo del horario, lo de la hora que yo había llegado pues se despertó justo en ese momento, y para decirme de una señora  muy enferma que había en el frente y cuantas cosas más.  

Todo lo hizo muy decente, pero lo interrumpí diciéndole que admitía mi falta y que lo había hecho, porque la otra cancha donde acostumbraba a ir, y no causo molestias, la habían desbaratado por remodelación, lo cual asintió.  Hablamos un poco más, incluidas otras cosas, y quedó clara mi promesa de que nunca más volvería a pasar.  Al irme, hora y media después, me decía una y otra vez: PAPÁ, JUGUÉ, PERO NO JUGUÉ.  Papá, todo mi honor para ti en esta primera década de tu aniversario de despedida, espero seas paciente y aguardes por todos los tuyos, pues esperamos juntarnos contigo y los 44 mil y la multitud del Apocalipsis (7: 4, 9).  Para terminar, papá, me lamento y te pregunto, lo mismo que a mis distinguidos lectores, ¿Cómo pueden los servidores corruptos robarse descaradamente el dinero del pueblo, alimentarse ellos y sus familias con lo robado y dormir en paz? Ojalá puedas papá, darme la respuesta de esta interrogante, cuando nos veamos, pues a pesar de que “te las sabias todas viejo”, como dice López Balaguer, nunca me explicaste esto.  ¡Sigue descansando en paz amado mío! 


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