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Redacción

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Resurrección de los valores


  • 23.10.2020 - 12:00 am

La caída de Faride Raful al renegar de su posición de rechazar el “barrilito”, considerado una distorsión de la función constitucional del legislador, y aceptarlo ya como legisladora para financiar asistencia técnica le­gislativa, mereció un fuerte re­chazo en la opinión pública que se tradujo en  una fuerte presión en su contra, al caer en la incoherencia que la descalificaba como una promesa de la política democrática dominicana.    

Esa ambigüedad y debilidad conductual, muy frecuente en la clase política nacional motivada por el oportunismo y el pragmatismo, es una manifestación de lo que algunos pensadores latinoamericanos han identificado como el proceso de vaciamiento de los va­lores y de la democracia, como consecuencia de la instauración como criterio central de la vida humana del recurso fáctico del “dinero” como medio y modo de vida. 

Ese vaciamiento de los va­lores democráticos viene asociado a la estrategia internacional de la globalización neoliberal que ha convertido la política en negocio, la cual se ha reforzado en algunos paí­ses como la República Dominicana, con la tradición de la “dominación personal” y su derivada del liderazgo caudi­llista, que han provocado el surgimiento de la política clientelar. Así, negocio y clientela política se funden en una simbiosis de antivalores no democráticos, consistente en el “dinero” y el “voto” espurios que se venden y se compran.

El poder mediático, en esa simbiosis de la descomposición moral, se ha encargado de manipular la “voluntad popular”, convirtiendo los procesos electorales en ferias, donde el dinero se encarga de seducir y persuadir la conciencia de los votantes.

En ese contexto, la co­rrupción y el tráfico de dinero florecen como categorías conductuales legítimas, que llenan el vacío de valores y justifican todo mecanismo lícito o ilícito que facilite la maximización en la acumulación de dinero, así como el mantenimiento del apoyo popular, según lo impone la política clientelar.  

Frente a ese contexto peca­minoso, Faride Raful ha hecho público lo que sería un “acto de contrición”, que la ha llevado a rectificar, anunciando que desiste de recibir los valores en dinero que contiene el “ba­rrilito”, uno de los tantos meca­nismos instrumentalizados por la clase política en su afán de apro­piarse de los recursos públicos para fines particulares.

De esa manera la joven senadora trata de enmendar su error, al tiempo de recuperar su anterior trayectoria que la conducía a ser una promisoria política, vanguardia de la tendencia democrática que históricamente ha luchado porque en el país se haga vigente un régimen de derecho en el marco de una verdadera democracia.

¡Qué Faride fortalezca el pensamiento crítico constructivo!  


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