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Redacción

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Revolución y corrupción


  • 02.12.2020 - 12:00 am

El concepto de revolución ha estado asociado a procesos que encierran un cambio profundo que en algunos casos implica la sustitución de un sistema social por otro nuevo. La revolución industrial precisamente alude a una transformación sistémica donde la economía dinámica o moderna sustentada en la Empresa, suplantó a la economía tradicional asentada en el feudo y la economía agraria.

De forma similar la revolución francesa marcó la sustitución del régimen monárquico por la emergencia del régimen democrático y su nueva ideología de la igualdad, la fraternidad y la libertad que vino con el régimen capitalista y su ideología liberal original.  

En todas esas revoluciones sistémicas la corrupción ha estado presente en ocasiones de forma escandalosa y en otras en la forma de conducta desviada impulsada por la “naturaleza humana” propia del género humano.

En la historia de nuestro país la corrupción también ha estado siempre presente. Pero nunca había alcanzado tal nivel de magnitud como en estos tiempos, luego de que los últimos gobiernos se abrazaran a la doctrina neoliberal, privatizándolo todo incluyendo la privatización de las funciones públicas, convirtiéndolas en oportunidades de negocios.  

De esa forma llegar a una posición pública es una oportunidad para el enriquecimiento ilícito y una vía segura para el ascenso social, para una cohorte de personas que comenzaron a operar desde el Estado como una nueva clase gobernante, al pasar a coordinar la función de apropiación de los recursos públicos para sí, y de esa manera monopolizar el poder político controlando todo el Estado. 

Esa dinámica entendida mediante el método dialéctico, llevó a esa nueva clase a la contradicción de intereses entre la primera cohorte que Leonel Fernández llevó al Estado, con la segunda cohorte que encabezara Medina y que desplazara a la primera, cayendo en el proceso en la contradicción y en el conflicto que terminó dividiendo al partido y perdiendo las elecciones y casi todo el poder. 

De ese conflicto emergió el triunfo del PRM y sus aliados, cuya orientación doctrinal y política busca la instauración de un régimen liberal-burgués, donde se haga vigente la teoría capitalista del Estado democrático, con separación de poderes y donde reine un estado de derecho con transparencia, sustentado por una burocracia estatal basada en la meritocracia, un liderazgo racional-legal y en una clase media en capacidad de articularse con los frentes oligárquicos, incluyendo los internacionales, y los sectores populares que aspiran a un orden económico de mayores oportunidades con igualdad y justicia social.

La lucha efectiva contra la corrupción dependerá, entonces, de la eficacia con que el nuevo gobierno maneje su agenda en función de esa integración y articulación de clases, de modo que pueda institucionalizar al país, aplicar políticas de desarrollo sustentable y combatir con efectividad y orden la secular corrupción sistémica criolla.   

La  articulación de los variados intereses, sería la revolución que le permitiría a la República Dominicana dar el salto a una verdadera institucionalidad demo­crática capitalista, al tiempo de combatir y detener con efectividad al monstruo de la corrupción, que hoy reacciona iracundo y errático frente a la iniciativa del Ministerio Público y de una Sociedad Civil que clama por justicia y por el fin de la impunidad. 

¡Veamos, pues, la complejidad de la anticorrupción! 


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