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Rafael A. Escotto

Rafael A. Escotto


Una ojeada al gran Hipólito Mejía


  • 18.01.2021 - 12:00 am

Se puede ser simpático, se puede ser odiado, lo que no se puede ser es hipócrita. 

Me ha surgido esta frase del fértil campo de las experiencias auténticas, de las explicaciones que recogen los libros, como la Biblia, y de los conocimientos idiosincráticos que deducimos de los demás. Si no fuera por estas capacidades el hombre viviera constantemente enfadado consigo mismo y con su alter ego.

No hay nada en este mundo terrenal que satisfaga las necesidades del hombre codicioso ni nada que pueda complacer al que vive hostilizando la sociedad por el simple hecho de sentirse dueño de un poder efímero y, por tanto, fortuito. El poder político es el resultado de la inteligencia humana, que emerge de la formación de los Estados, en principio vinculado con la preponderancia religiosa. 

Por lo general nos preguntamos por qué algunos hombres tienen el talento o la licencia de gobernar a otros. Rafael Hipólito Mejía Domínguez posiblemente no pensó nunca que iba a dirigir los sagrados destinos de su país desde la primera magistratura del estado. Sin embargo, esa fuerza desconocida que llamamos destino que se cree que obra sobre los hombres y los sucesos, dispuso que fuera así. 

La suerte por lo general se considera como un curso establecido de acontecimientos que están fuera del control humano. Por las enseñanzas de la Biblia sabemos que el hombre fue creado con la facultad de tomar decisiones éticas y que él es el responsable de sus decisiones.

El liderato de mi excompañero de estudios en Santiago de los Caballeros Hipólito Mejía Domínguez, radica, fundamentalmente, en su capacidad de tener una visión de alentar sueños y, sobre todo, poseer una naturaleza muy especial que encanta hasta a quienes la privanza «culta» le irrita la piel ver a este líder político cibaeño con su estilo tan sui generis, que la gente quisiera oírle abordar temas sociales y políticos para que algunos, con sus discursos pomposos arrebatados buscando los aplausos  aprendan a despojarse de su arrogancia y beban de la fuente de este hombre excepcionalmente humano e insólitamente envidiado por su simplicidad.

Si Hipólito hubiese sido un hombre jactancioso como fueron y aun son algunos líderes políticos engreídos con el perfume exquisito del poder, el pueblo lo hubiera despreciado y, sin embargo, su carácter y su verbo espontáneo le acercan a la masa y la masa a él con suma facilidad. Este ser humano nunca ha mostrado ser un hombre perfecto, lo mismo pensó Abraham, quien estaba lejos de ser perfecto. Solo Dios es maravilloso.

El expresidente Mejía cuando estuvo sentado en el trono de la republica nunca se sintió ser un monarca de ideas absolutas, ni necesitó que le rodearan como si hubiese sido el Constantino I, rey de los helenos. Hay, en cambio, individuos que si la Constitución dominicana se lo hubiera permitido tendríamos hoy una monarquía y su partido seria hoy lo mismo que la Casa de Glücksburg, inclusive el escudo no sería el que actualmente ostenta la bandera dominicana, sino algo similar al de Dinamarca o España y sus ministros tuvieran títulos de Duques.

Contrario a esa ilusión de formar una aristocracia en el Caribe para instaurar un culto a la personalidad, a doña Altagracia (Tata) Iglesias, nuestras maestras siempre recordada maestra de español, no le hubiese gustado ver a su alumno Hipólito Mejía en esas pretensiones absurdas. 

Hipólito, siendo un hombre terrenal, habla con el lenguaje del pueblo y, para burlarse de los políticos dominicanos con pensamiento monástico, saca la perra de mamá Belica a mearse sobre los discursos ostentosos de quien presume tener una inteligencia por encima de su pueblo.

  


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