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Retrospectiva Sobre Los Panfleteros de Santiago


  • Doctores María Teresa y Néstor Montilla | 08-02-2021

La primera vez que escuchamos sobre la historia de Los Panfleteros de Santiago, aquí, en Los Estados Unidos de Norteamérica, fue de los labios del Dr. Ramón Antonio Veras, durante el mes de febrero del año 2006, altamente recomendado por José Morales, un amigo de origen puertorriqueño que considera a la República Dominicana su verdadera patria, el Dr. Veras fue invitado a disertar en La Conferencia Para Asuntos Dominicanos, que El Instituto Para Estudios Latinos, realiza anualmente en la escuela de derecho Rutgers School of Law, localizada en Newark, New Jersey. En esa ocasión, mientras conversábamos al final de la conferencia, el Dr. Veras compartió el libro Los Panfleteros de Santiago y su Desafío a Trujillo, y la historia que contaba sobre un grupo de jóvenes, entre los 14 y 19 años de edad que, con un panfleto, entre otras demostraciones de resistencia, desafiaron al otrora déspota Rafael Leónidas Trujillo Molina, el sangriento dictador cuyo viejo fantasma aún deambula nauseabundo por la tierra dominicana, como un tránsfuga que resiste desalojar la memoria de muchos. De un lado, el panfleto decía: “¡Viva la Revolución! ¡Abajo el Tirano! ¡Libertad o Muerte! UGRI”. En el reverso, decía sin desperdicio: “Con perdón de la expresión, Trujillo es una Mierda”.

Dos figuras impresionantes e indelebles emergieron de esa historia relatada por el doctor Veras. La primera, de Wenceslao Marcial Guillén -alias Wen-, un hombre ya a los 20 años, de convicción profunda, propósitos inquebrantables y bravío en la lucha por la justicia social. La segunda, de Manuel Armando Bueno Pérez, un púber de 15 años cronológicamente hablando, pero no menos de 40 en edad en carácter, coraje y disposición para servir a una causa justa. Manuel Bueno hace su debut en la historia de Los Panfleteros de Santiago, como elaborador y distribuidor del panfleto que provocó la encarcelación, tortura y desaparición de muchos de ellos. Fueron apresados por el SIM, varios Panfleteros incluyendo a Wenceslao Marcial Guillén, Manuel Armando Bueno Pérez, Luís Prud´Homme -alias El Haitianito-, Manuel Ramón Liriano, José Oliva Espertín, Henrich Stresse, Porfirio Gómez, Pedro Jaime Tineo Tejada, entre otros muchos.

Por órdenes directas del dictador, por ser identificado como el líder, a Wen lo torturaron lentamente durante días enteros, le golpearon, le apagaban cigarrillos en la cara y hasta trataron de cortarle los testículos, en la cárcel La 40, localizada entonces en la barriada Cristo Rey, de la capital donde irónicamente luego se construyó una iglesia. Ahí, en ese fatal lugar donde también encerraron a las Hermanas Mirabal, le sacaron las uñas a Wen, lo estrangularon, le cercenaron un brazo, lo dejaron desangrar, lo cortaron en pedazos y sus restos desaparecidos. 

Esa historia cruda nos la contó el Dr. Veras, provocándonos una rabia retroactiva. Le preguntamos si ese acontecimiento se enseñaba en las escuelas y universidades del país y nos dijo que no, que era una página en blanco en los libros de historia dominicana. Se le preguntó al Dr. Veras, “¿Y qué podemos hacer para ayudar a que se conozca la historia? José Morales entendió que había que contarla y propuso al El Instituto Para Estudios Latinos producir un documental al respecto. El Dr. Veras aceptó la idea y nos ofreció su colaboración absoluta y desinteresada. Su único interés era que se contara y honrara la vida y muerte de Los Panfleteros de Santiago, objetivamente en un documental. 

En el año 2008 viajó desde New Jersey a la República Dominicana, un equipo de producción para determinar la logística del proyecto y comenzar la filmación. El Dr. Veras nos recibió en su oficina en Santiago, donde firmó el documento de consentimiento concediendo al Instituto Para Estudios Latinos, a perpetuidad, los derechos a realizar la producción sin fines de lucro, utilizando su voz, imagen y materiales audiovisuales, escritos y gráficos que nos proveyó. Le hicimos una entrevista de más de una hora en su despacho y luego nos llevó alrededor de los barrios donde vivieron y lucharon Los Panfleteros, incluyendo la casa donde vivía Wen, con sus padres y hermanos al principio de la década del 1960. La casa, que debería haberse convertido en un museo, aún está en la calle General Valverde, en cuyo sótano, o más bien en un hoyo en la tierra, debajo de la casa, Manuel Bueno confeccionó el clisé para imprimir los volantes. Nos lo imaginamos un niño flaco, sudado y lleno de tierra, trabajando de noche en una herramienta que le permitiría a un grupo de jóvenes, simplemente expresar su oposición a la realidad social en que vivían. 

El Dr. Veras compartió nombres y contactos de personas que eran miembros del Movimiento 14 de Junio, quienes estuvieron presas en la cárcel La 40, al mismo tiempo que Los Panfleteros, en enero del 1960. La lista incluyó al Dr. Ramón A. Blanco Fernández, Marcelo Bermúdez, previo gobernador de Santiago, Dr. Luis Gómez Pérez, el jurista Wenceslao Vega, y los ingenieros José Israel Cuello Hernández y Leandro Guzmán, y otros. Ellos dieron testimonios grabados en video de que fueron testigos de las torturas infligidas a los jóvenes panfleteros en la cárcel La 40.

También nos facilitó nombres y contactos con Doña Thelma Guillén, madre de Wenceslao Guillén, su hermana Aridia, al igual que Héctor Bueno y María Bueno, hermano y hermana de Manuel Bueno. 

También nos puso en contacto con el periodista Huchi Lora, el fenecido Freddy Beras Goyco, y un sinnúmero de personalidades que ofrecieron colaboración desinteresada, como la Dra. Aura Celeste Fernández, el fenecido cantautor Víctor Víctor, quien colaboró con nosotros sin solicitar remuneración alguna. ÉL compuso la música del tema del documental, de autoría nuestra, titulado, ¿Dónde están las tumbas? El tema fue interpretado por la cantante Tessy Sánchez, quien al igual que Víctor Víctor, lo hizo por generosidad. El tema fue inspirado en las palabras de impotencia con las que Doña Thelma, la madre de Wen, concluye la entrevista que le hiciéramos durante el proceso de producción del documental, Los Panfleteros de Santiago: “Solo quiero que me digan dónde está la tumba de mi hijo, para llevarle flores”. 

Cuando la entrevistamos, Doña Thelma tendría unos ochenta y tantos años, pero lucía mayor. Una mujer que en su tiempo habrá sido imponente, de carácter fuerte y carencia de miedo, se veía ahora, agobiada y con rabia atrasada por lo que le hicieron a su hijo. Doña Thelma nos contó, entre momentos de lucidez y escapes al pasado, que dio “más de 70 viajes” a los diferentes lugares de detención en ese tiempo. Que donde quiera que le dijeran se encontraba su hijo, ella iba a buscarlo, en vano, porque nunca lo encontró. Aún, 48 años después, en el 2008 durante la entrevista, nos confesó repetidamente que su mayor dolor era que no podía llevar flores a la tumba de su hijo, porque no sabía dónde estaba. Doña Thelma falleció hace unos años, pero sus palabras de dolor aún resuenan en nosotros. Cuando una madre llora por su hijo, impotente para hacer algo, a uno se le retuerce el alma. Doña Thelma, murió y no supo dónde los esbirros del sátrapa diseminaron los pedazos del cuerpo de su hijo descuartizado por querer liberar al pueblo dominicano de una dictadura.

Manuel Bueno sobrevivió, pero nunca se repuso de la experiencia. Testimonios filmados por nosotros durante entrevistas con su hermana María y su hermano Héctor, dan fe de cómo Manuel fraguó su vida luego de ser torturado en La 40. Manuel era aguerrido, pero jovial, sobresaliente y talentoso en todo lo que hacía. Llegó a diseñar la casa de nuestros padres y otras edificaciones, reveló su hermana María. Siguió luchando por sus ideales de liberación. Su arrojo era tal que un día tomó unas armas de guerra de la casa de su tío, quien era militar, y se fue a pelear en contra de los Yankees durante la invasión norteamericana del 1965. Esa hazaña le ocasionó muchos problemas y amenazas de muerte. No pudo volver a la capital a terminar sus estudios universitarios que tanto anhelaba, dijo María compungida, mientras nos mostraba fotos de Manuel desde su infancia hasta adultez. A través de los años, se enfermó, sufrió mucho, pero siempre sonriendo, nos confesó su hermana. Él luchó…mucho… y finalmente sucumbió a su dolor concluyo diciendo María con lágrimas bajando por sus mejillas. 

No tenemos que ir muy lejos para identificar de dónde viene la formación política de Manuel y su motivación de lucha. En el artículo que escribiera 21 años después, sobre su experiencia en La 40, publicado por el periódico El Sol el 5 de febrero de 1981, Manuel nos lleva de la mano para enseñarnos sobre su formación política antes de los 14 años. Nos cuenta cómo conoció a Wen en la década del cincuenta y cómo la madurez y el afán de superación intelectual de Wen lo marcaron. El conocimiento que Manuel expresa sobre los libros que Wen leía, eran una indicación de que compartían lo leído. El Dr. Veras nos dijo que él, Wen, Manuel y otros panfleteros, visitaban regularmente Amantes de la Luz, considerada como la primera biblioteca pública del país, para tomar prestados libros de José María Vargas Vila, un erudito colombiano autoproclamado anarquista que se dedicó a escribir contra el imperialismo y en pos de preparar jóvenes que se dedicaran a defender la libertad y democracia de los pueblos latinoamericanos, y José Ingenieros, un escritor argentino de origen italiano quien escribió El Hombre Mediocre y otras publicaciones antiimperialistas que impactaron generaciones de la época. Cuando describe la claridad de pensamiento y conciencia de Wen, así como también su filosofía de cómo hacer la revolución, Manuel se proyecta como un discípulo aplicado y ansioso por poner en práctica las enseñanzas de su maestro. 

Cuando narra la estrategia de Wen de formar el grupo Unión de Grupos Revolucionarios Independientes (UGRI), y mantener contacto con el Movimiento 14 de Junio, confirma que pertenecía al grupo íntimo de Wen. Manuel describe la estrategia de trabajo y el plan de acción de Wen, como alguien que no solo era un integrante indispensable del equipo, sino que había formado parte de su diseño. Estaba empapado de los pormenores de cada acción de resistencia, desde la colocación de letreros en lugares públicos hasta los actos de boicoteo, incluyendo los planes detallados para fabricar bombas y tirar grapas en calles y avenidas. 

 La historia lo sigue, como una cámara cinematográfica, y lo ve en La 40, siendo testigo de actos indecibles que ningún hombre, a ninguna edad debe ver; pero sus ojitos de niño asomándose a la adultez, no tienen otro remedio que ser testigo de aquellas macabras y dantescas torturas; absorbiendo con ellos, los instintos más malévolos e inhumanos de los hombres, junto con los sentimientos más nobles de lealtad, valentía y capacidad para resistir el dolor, de hombres como Wen. 

Ver a Wen, desnudo y soportando tortura física continúas, no tan solo no doblegarse, sino mantenerse desafiante, de seguro selló el carácter de Manuel. Cuando su compañero de lucha y tutor, quebrado, pero no roto, torturado, pero no vencido, subyugado, pero no doblegado, le instruyó frente a un abogado: “Escribe tu declaración tal cual te estoy diciendo, cuidando de no involucrar a nadie más, leela bien antes de firmarla, no te vayas a manchar pidiéndole perdón al hijo de puta ese”, no había necesidad de que se lo dijera. Ya Manuel había llegado a esa conclusión. 

No es sorpresa que mientras eran trasladados al sótano del Palacio de la Policía, la madrugada del 21 de enero de 1960, Wen le enseñaba a Manuel a fabricar una bomba de tiempo y le hacía jurar que continuaría la lucha. “A todos nosotros nos van a matar, y tú eres quien tiene las mayores probabilidades de sobrevivir, de manera que tienes que hacerte cargo”, le encomendó Wen al “hombre” de 15 años, que era Manuel. Y hombre, ya era. 

Resuenan en nosotros, los testimonios de los miembros del Moviemiento del 14 de Junio que estaban apresados en La 40 el 29 de enero del 1960, fecha cuando descuartizaron a los jóvenes panfleteros.

“Eran niños de 14 a 18 o 19 años. Ese día comenzaron a sacar jóvenes de esos de noche y le hacían firmar un documento diciéndolo que los iban a soltar y después que ponían la firma en un papel, un torturador le daba un tubazo en la cabeza”, Ramón A. Blanco Fernández.

“Lo primero que hacían era que le daban una pela a uno bien grande que le llamaban de ablandamiento…luego los sentaban en una silla eléctrica y le hacía preguntas”, Leandro Guzmán.

“Les amarraban las manos y los pies en una silla eléctrica y los electrocutaban…Wen pujaba cuando le pegaban”, Luis Rafael Gómez Pérez.

“Wenceslao Guillén recibió horas y horas y días enteros recibiendo ese tipo de torturas y resistió hasta lo indecible. Cuando los mataban, metían los cuerpos despedazados en unos sacos, como una especie de árganas”, Marcelo Bermúdez.

“Nos encaramábamos en la celda para ver a través de una apertura y podíamos ver que echaban cuerpos destrozados de gentes en los baúles de los carros”, Ramón A. Blanco Fernández.

“Los tiraban en un baúl delantero de un carro volkswagen…salía el carro y volvía al ratico a buscar otro cuerpo. Algunos de nosotros podíamos ver la operación desde la celda por una rendija hacia el patio”, José Israel Cuello Hernández.

“Nos llegó una carta diciendo que a mi hermano lo habían soltado, pero mi hermano nunca llego a la casa”, Aridia Guillén.

Muchos años después, cuando Manuel decide escribir sobre sus “experiencias” de adolescente, con el propósito de iniciar el rescate del anonimato, la memoria del héroe nacional que es Wenceslao Guillén Gómez (Wen); explica que no quiso hacerlo antes para evitarle a la madre de Wen, Doña Thelma Gómez, dolor adicional al que ya había sufrido por la desaparición de su hijo. 

Manuel atribuye su salir a la luz con la historia de Wen, al Dr. Negro Veras quien rompió el silencio sobre la historia de Wen y su lucha por derrotar la tiranía. Hemos visto al Dr. Veras derramar lágrimas cuando habla en público sobre la historia de los panfleteros. Siempre externa que él debió haber estado ahí en La 40 y morir torturado como Wen. En verdad, Wen y sus compañeros fueron sometidos a torturas inverosímiles.

Describiendo las indescriptibles torturas a que fueron sometidos, Manuel muestra sensibilidad al reservarse algunos detalles admitiendo “que todavía me revuelven el estómago, y me hacen asomar las lágrimas”. Inclusive, parece que trata de justificar el contar algunos detalles horrendos, con el propósito de que generaciones siguientes sean conocedoras de “las atrocidades cometidas por los secuaces de la funesta Era de Trujillo”, de manera que no se repitan. Manuel enfatiza la importancia de estar conscientes y proteger las libertades sociales que disfrutamos y no dejarse confundir por los “apologistas del trujillismo, charlatanes tumbapolvos e inescrupulosos lisonjeros” que, en su tiempo apoyaron, y hoy, defienden y promueven aún la abominable ideología Trujillista.

En conclusión, Manuel Bueno hace un llamado al pueblo dominicano a continuar exaltando los verdaderos héroes y mártires, publicando sus ideas y trayectoria de lucha, y conmemorando a Los Panfleteros por medio de nombrar escuelas, plazas y calles principales con sus nombres. 

En nombre del Instituto para Estudios Latinos y de nosotros dos, extendemos nuestras más sinceras gracias al Dr. Ramón Antonio Veras -El Negro Veras- por facilitarnos el privilegio de llenar una página de la historia dominicana, sin la cual estaría incompleta. Su generosidad al hacerlo es testimonio de cómo él mismo, cuando era adolescente, fue participe de la contribución patriótica de jóvenes del temple de Wenceslao Guillén y Manuel Bueno, y cómo valientes mozalbetes se levantaron contra la dictadura. 

Nuestro afán fue publicar el libro y el documental Los Panfleteros de Santiago para preservar su historia para beneficio de la presente y futuras generaciones. Wen debería ser declarado oficialmente Héroe Nacional. ¡Loor a los Panfleteros de Santiago!

(Este artículo fue publicado en el libro: A los 60 años: dos panfleteros de Santiago contra un régimen tiránico, en la página 304)


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