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La plástica dominicana comprometida con la paz


  • Braulio Rodríguez | 03-12-2020

La plástica dominicana comprometida con  la paz  tiene raíces profundas. En la genética dominicana, todo un arco iris de colores que pintan toda la geografía de esta 3/4 de la isla, existe un profundo amor por la convivencia pacífica, el respeto hacia la autodeterminación de los pueblos y nunca hemos  encabezado una invasión a otra nación  a pesar de haber sido invadidos en once ocasiones por nuestros vecinos, en dos ocasiones por el gigante del norte y por varias potencias europeas. 

De ahí que nuestro anhelo de paz ha sido truncado tantas veces que un sacerdote llamado Juan Vasquez retrata con una quintilla lo siguiente: 

“Ayer español nací,

en la tarde fui francés,

en la noche etíope fui, 

hoy dicen que soy inglés, 

!no sé qué será de mi!”

Ante tanto acoso nuestro espíritu de paz se ha impuesto y hemos luchado como pequeños gigantes para defendernos ante enemigos poderosos y por el contrarío, valiosos dominicanos han participado en importantes luchas libertarias de  otros pueblos como en Nicaragua, Haití, Cuba, Puerto Rico, EEUU. 

Esa actitud como pueblo, ha sido consona  con el arte.  

Los creadores han puesto al servicio del mundo nuestros  ritmos, nuestra plástica bañada de una luz tropical alucinante con grandes destellos. Quizás es la forma más sincera de expresar los sentimientos más íntimos de los artistas  que dejan plasmado sus emociones por medio de la luz que trae consigo los colores,  con los personajes que retratan la cultura, de los emociones que indican la base del sentir de un pueblo que ama el trabajo, ambiciona el bienestar, canta, baila, carnavalea y mantiene viva las tradiciones que lo distinguen de cualquier rincón del planeta.

La plástica dominicana como manifestación cultural constituye la forma de manifestar las angustias, ansias, veleidades y nuestro gran anhelo de paz. 

Sin embargo como camino expedito de dejar brotar nuestro ser, el arte representa un medio intenso que le grita al mundo la forma estética de prohijar sueños, de convertir a nuestro modo las quimeras antiquísimas que nos abaten. 

Partiendo desde un pasado atávico, la dominicanidad se construye sobre otras piedras, sobre una base que hemos heredado en una historia plagada de encuentros y desencuentros con un mundo en que algunos países hermanos nos agreden desde horizontes lejanos y a veces muy cercanos.

  La luz de la plástica ha comenzado a escribir episodios heroicos  desde aquel 27 de febrero de 1844 donde el más grande dominicano Juan Pablo Duarte ideó un proyecto de nación aún inconcluso. 

Nuestro Escudo Nacional con la Biblia abierta en San Juan 8:31  expresando: 

“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” 

Implica el  compromiso creativo de la plástica con los íntimos deseos libertarios y de amor hacia una paz que ha costado tantas luchas y sangre al pueblo dominicano. 

De modo que desde nuestro Patricio  Duarte, que bien usó el arte para su proyecto de nación mediante el teatro y de la plástica con la idealización de la bandera dominicana, cuyos colores rojo, azul y blanco son sinónimos de sacrificio, divinidad celestial y pureza libertaria. 

La nuevas experiencias estéticas y los movimientos pictóricos que comenzaron a imponerse con el inicio del siglo XX  influyeron en la plástica dominicana a fin de dar valor a las manifestaciones simples del pueblo dominicano y así romper un atavismo  europeo    que limitaba la creatividad e impedía dimensionar lo nuestro. 

Es un santiaguero de las manos prodigiosas y mente preclara llamado Yoryi Morel  que da comienzo de la  constancia del legado imperecedero que habría de dejar a la posteridad con su obra “La Dicha” en 1915. 

Esa sencilla obra del taller de una zapatería da origen al compromiso formal de la plástica con la dominicanidad.

Jaime Colson de Puerto Plata contribuye también a romper paradigmas europeizantes y ambos contaron al mundo a través de los colores y la magia de la luz que la independencia plástica se iniciaba. 

Surgía la escuela de Santiago como símbolo de la dominicanidad ansiada.

Con paciencia tesonera, Yoryi Morel comenzó con trazos que lo inmortalizan al eternizar a Toño El Baboso, a la verdulera del mercado, al zapatero de la esquina, a la loca que merodeaba por las calles y las campiñas cibaeñas sonrientes de framboyanes sorprendidos entre otros motivos no menos simbólicas.

Mario Grullón, Jacinto Domínguez, Guillo Pérez, Cuquito Peña, siguieron las huellas del Maestro, unas veces con coches y caballos encendidos de entusiasmo o gallos que bajan la cabeza diciendo con el pico que quieren resucitar los sueños de unos trinitarios de unos ideales que malos dominicanos han truncado. 

Esas manifestaciones matizaron la plástica dominicana durante  los 31 años de oscuridad trujillista en los cuales las artes plásticas, el teatro, la literatura y la música estuvieron bajo el control de la tiranía. 

Una obra singular del español Vela Zanetti rompe con la mordaza impuesta a la creatividad en un significativo fresco del Monumento a la Paz del tirano en el cual un obrero rompe las cadenas de un yugo simbólico.  La obra es posiblemente la más singular del periodo de los 31 años de los gobiernos trujillistas y quien aprendió el oficio en nuestro país y  dio además dimensión al país con importante mural en la ONU  dando cuenta de la cultura dominicana.  Realmente este artista español fue un punto luminoso de la plástica del país. 

Durante esos años oscuros en términos de las libertades públicas, la pintura se desarrolló como catarsis ante la opresión y maestros europeos inmigrantes y dominicanos se  unen en un aprendizaje mutuo que enriquece la plástica con una colección de obras muy importantes como la de Fernando Baez Guerrero que degustamos con tanto interés  a final del año pasado los santiagueros. 

Es muy posible que la plástica militante con la paz y el patriotismo dominicano alcanza su mayor nivel con una generación durante la Guerra de Abril que requiere una visión acorde con nuestra realidad. Una generación de artistas se compromete con la paz, la defensa de los derechos ciudadanos, los valores de la democracia y de la patria mancillada. 

El vanguardismo en el discurso estético de la plástica se acentúa y nuevos valores surgen. Silvano valora, Clara Ledesma, Condecito, caricaturista como Príamo Morel, cartelistas, entre otros asumen un discurso plástico patriótico comprometido con los mejores intereses del país. 

El periodismo gráfico jugó un papel importante y las joyas fotográficas del conflicto de Abril del 1965 se pasearon por el mundo. 

Una exposición de doce artistas en 1972 llamada Nueva Imagen contribuye a un mayor compromiso y libertad creativa truncada durante décadas de oprobios. 

Santiagueros habían dado un paso importante en ese orden cuando Wilfrido García, Chaguito Morel, Yoryito Morel, Nidio Fermin y Julio González con el Grupo Jueves 68 comenzaron dar reconocimiento como arte a la fotografía. 

Una infinidad de temas relacionados con la paz, la patria, la cultura entre otros comenzaron a emerger con fuerza influyendo  e influyeron de alguna manera en la libertad creativa y el compromiso del arte con la armonía espiritual que supone un ambiente de paz. 

Las obras de Ramón Oviedo fueron muy importantes luego de la pos guerra, sus abstractos  con aspectos figurativos mueven a profundas reflexiones al plasmar con cuerpos truncos y símbolos extraños, los dolores y desafíos de un pueblo que busca la esquiva paz ante el oprobio. 

Todo en entramado del arte dominicano sufre una importante revolución en la calidad y cantidad a partir del 1978. Las artes plásticas alcanzan un gran esplendor con Candido Bidó quien toma a la paloma de la paz como un signo distintivo y sello personal,  los gallos de los artistas plásticos dominicanos  y sobretodo los de Guillo Pérez, invitan a olvidar las emociones de unos recuerdos de “bolos y coludos” y que se vuelva a otros encuentros con nosotros mismos, que se rompa esa línea atemporal de la desidia que corroe el alma dominicana que dormita por momentos.

La dominicanidad que se trata de develar la etapa a partir del 1978 invita a la reconstrucción dolorosa del “ser” nacional a partir de un propósito libertario de nuestra raíces y mostrarnos al mundo con orgullo.

La Escuela Mocana con Hugo Mata como creador contribuye al deleite estético y al disfrute de nuestras campiñas, Dionisio Blanco teje sueños y esperanzas en los espacios celestiales con unos campesinos que siembran estrellas para que nazcan galaxias de paz entre los dominicanos, Rafael Aybar y Victor Chevalier vislumbran con arranques oníricos a una ciudad de Santiago futurista bañada de paz al tiempo en que Eusebio Vidal con realismo impresionante nos embelesa y los hermanos Joan y Waly Vidal y Nelson Batista nos sorprenden con la candidez urbana con unos paisajes con sabor a pueblo, Julian Amado Ortiz hace de la luz su eterna compañera y nos deslumbra con un torrente creativo emocionante, José Cestero pone al Quijote a pasear por El Conde al igual que Claudio Pacheco que lo lleva a unas andanzas interminables por el Cibao, los muralistas hacen del mismo Cibao una enorme sala de exposición  que invita a extranjeros y nativos a conocer nuestra cultura por medio de mensajes visuales importantes. Jhosy Jiménez, Luis Quiñones, Anilsia de Luna, Juan Gutiérrez, Jairo Ferreira, Pedro Cofresi entre otros pintores talentosos emergen para invitarnos a la reflexión que trae consigo la paz. 


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