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“Tierra-Hombre-Patria”


  • Minerva Calderón | 22-03-2021

Esta porción de la Isla, imagen inminente de la diversidad, el color y la belleza, persiste en el tiempo bajo las ansias embriagantes de los que anhelan o poseen el poder y el dominio. 

La tierra codiciada está ahí, la sentimos, la palpamos; es más, somos parte de ella. Desde la cima del Pico Duarte o cualquiera de nuestras bellas montañas, se transpiran las esencias del entorno y sentimos la ineludible sensación de pequeñez humana, ante la impresionante perfección de la naturaleza. Estas ahí, amada o ultrajada; bendecida y ambicionada. Es joya tallada con el cincel del tiempo, que siempre ha despertado el deseo insaciable de pertenencia en las mentes ambiciosas de ayer y de hoy. 

Persiste, cubierta con el manto invisible del dolor y el sobresalto que transformó la historia. Hace siglos, irrumpió en la vida de sus humildes comunidades el dominio foráneo, cargado de imposiciones y ambiciones. Miles de indígenas se vieron forzados a doblegar su hidalguía; replegarse en el resplandor de las montañas, y llenar los senderos de la isla, enajenados de su hábitat y de su paz.

Esta tierra es más que tierra: es tierra – hombre- patria. Está ahí, sustentada en la paradoja vivencial de su historia. Es fragor de vidas preñadas de esperanzas, y también imagen lacerante de figuras hambrientas y desnudas; de hogares llenos de niños con vientres abultados, que jamás han sido cubiertos con decencia. ¡Dramático contraste! ante la desbordante exhibición de lujos irritantes y oropeles innecesarios. Impresiona la majestuosidad y los avances logrados por determinados sectores y deprime la realidad de la pobreza extrema. 

A pesar de vivir tocados por la incertidumbre, la desolación, las carencias injustificadas y bajo la angustia de las heridas que provoca el hambre y la inseguridad, subyace en el alma de los desposeídos una canción de esperanza. 

Es como un reto al dolor y a la tristeza; un encuentro con la vida y la belleza que se expande en la primavera cuando florecen las amapolas en las montañas. Allá se escucha el trinar de las aves, y en el alma de la mujer, joven y soñadora, surge el amor, arrobado por los sueños. Ella, con vehemencia y pasión, entrega su sentir a la persona amada y se adhiere como orquídea silvestre que nutre sus esencias en la savia divina de los encuentros. Es la canción de los que aman.

La vida sigue. En la fusión tierra- hombre–patria, se escucha el llanto incontenible de las madres cuando sus hijos parten hacia las aguas profundas sin despedirse. Ellos buscan, en largas travesías, ciudades que cubren las almas inseguras con sus noches grises o quimeras absurdas que se envuelven en el brillo inusitado del peligro.

Hoy, como ayer, la tierra está ahí, conmocionada, estremecida por los odios que expanden energías negativas entre sus habitantes; bajo el amparo de las palabras desmedidas, calculadas, frías, impactantes, que siembran dudas y arrasan los sedimentos de la bondad y del prestigio. Apenas son audibles las voces de los justos; de los que aman la unidad y la vigencia de los verdaderos principios.

Es un desatino expandir el olor del odio y del rencor, cuando tantos oídos inocentes anhelan canciones colmadas de ternura para cerrar sus ojos. Deprime el dolor de los padres, ante las palabras irreverentes emitidas por los que afectan dignidades y prestigios. ¿Cómo decirle a la juventud que el amor, la paz y el respeto son pilares esenciales de la sociedad? ¿Cómo resarcir la tierra de la angustia que impregna el final de las vidas desaparecidas sin ninguna razón? ¿Existen palabras adecuadas para explicar el hambre, el desempleo y las profundas desigualdades sociales en un país dotado de miles de recursos? Urge la unión de los ciudadanos bajo el imperativo del respeto, la eliminación de los vicios, el trabajo digno y la colaboración.

Millones de habitantes de esta fracción multicolor del universo, esperan y anhelan, limpiar con aguas cristalinas los recónditos espacios donde la maldad se anida; erradicar la vergüenza de la destrucción infringida por manos nacionales o extranjeras; opacar los reflejos lacerantes de los que ignoran la bondad y la verdad.

Esta tierra-hombre –patria sueña con la sonrisa de los que en ella viven; anhela el franco trajinar por sus senderos, a plena luz del sol, o cuando millones de luceros guían los pasos de los caminantes. Demanda la conducción inteligente, el sentido de


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